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Apego y libertad
Reflexiones de un amante apegado
3/4/20269 min leer


Yo cuando amo lo suelo hacer de forma considerablemente apegada.
“Apegada”, sí.
Qué palabra más controvertida, a menudo malinterpretada.
El apego es natural y necesario evolutivamente. Y esto es algo que conviene recordar, por mucho que tu gurú espiritual te diga que es malo. Quizás te diga que es algo del ego y que tú no eres eso en realidad o en el fondo. La evolución no va contigo, claro que no, guapi. Tú estás por encima, lo has trascendido.
Mi recomendación: huye de estos planteamientos… sobre todo si tu herida ya está sanada y puedes sostener la densidad y crudeza de la vida (y sus tesoros).
La espiritualidad, a veces, puede ser usada como escape al dolor de vivir desde el corazón. La espiritualidad puede facilitar irnos al más allá para evitar el más aquí. Es por ello que me siento más cercano a la espiritualidad encarnada, la que nos abraza con sus entrañas, la que abraza nuestra piel. Se trata de una espiritualidad que conecta con el ego, el cuerpo y las emociones. Una espiritualidad que pretende integrarlo todo.
1. APEGO Y LA SEGURIDAD DEL VÍNCULO


Pues eso: el ser humano es apegado. No todo el mundo, pero sí la gran mayoría. Nos apegamos a aquello que es una fuente constante de amor y todo tipo de experiencias agradables. Ningún misterio. El amor une. Motiva a volverlo a buscar. Si aquello que tú llamas amor no te motiva a ello, probablemente ahí no es. La función física y emocional del amor es generar estrechez de vínculos, conexión fusional. De hecho, el amor crea vida, en todos los sentidos. Su atractivo tenía que ser algo poderoso necesariamente. Al fin y al cabo, toda la biología se sustenta en ella.
El apego nos lleva a echar de menos a aquella persona con la que tenemos dicho vínculo estrecho. Por ejemplo, aunque con este tema pienso sobre todo en relaciones de pareja, me viene a la cabeza que ahora mismo echo mucho en falta a mi hija. No la veré hasta el lunes o el martes, y hoy apenas es viernes. Ella es mi mayor fuente de felicidad y siento poderosamente su ausencia. Tengo otras fuentes de amor y felicidad, sí, pero eso no quita la tristeza (que no es incompatible con emociones y acciones positivas).
La presencia de una estrella no hace menos vacía la ausencia de otra.
Por supuesto, yo puedo sentir que mi vínculo con ella es seguro en su ausencia…
Y esto es lo interesante.
Son destacables algunos básicos -algunas condiciones- que deben cumplirse en un vínculo para que se sienta seguro (p.e. atención, tiempo de calidad, diversión, descanso, alimento, bienestar, cuidado, respeto, conexión, diálogo, ausencia de maltrato y abusos, los reflejos más instintivos, etc.). No obstante, es aún más destacable cómo varía lo que cada uno necesita para sentir esa seguridad, lo cual depende de la educación, nuestros valores, nuestra historia personal, nuestros logros y pérdidas, nuestras carencias y dones, nuestro aprendizaje…
2. Libertad gracias a la seguridad


Así que cuando amo algo ocurre: mi sistema de apego se dispara para crear una conexión segura, un campamento base bien cómodo. Personalmente, me gusta y defiendo la importancia de la seguridad en las relaciones (ahora pienso en relaciones de pareja), pero porque me gusta la libertad.
Quiero seguridad pues deseo que el vínculo vaya para largo. Yo soy de los que aceptarían vivir mil años. Soy largoplacista porque la vida son infinitas experiencias en el ahora.
Hay tanto que explorar y compartir en una relación, tantas opciones que nos brinda esta maravillosa vida.
La seguridad me permite explorar con confianza y, sobre todo, riesgo, todo lo que esta vida tiene para ofrecer.
La vida puede ser tan solitaria, fugaz y frágil... por ello quiero asegurar ese excepcional milagro (ese/a compañero/a vital) que ha brotado singularmente en el jardín de la vida. Supongo que si no fuera algo excepcional sería diferente. Es decir, si pudiéramos encontrar fácilmente personas con las que profundizar, compartir, sentirnos acompañados, en intimidad, entonces no habría esa necesidad de seguridad (más allá de un cuidado y un asegurar más moderado).
Así pues, para mí la seguridad y la libertad son importantes. Y no creo que se excluyan, aunque se suelen contraponer como inversamente proporcionales tal como vemos aquí:
Ganamos seguridad a costa de perder libertad, por ejemplo, al saber que ciertas opciones no van a ser elegidas por mí o por la otra persona.
Ganamos libertad a costa de perder seguridad, de tener menos garantías de, por ejemplo, saber qué pasará conmigo o con la otra persona.
Tiene su sentido, sí, pero ya hemos entendido que también pueden reforzarse entre sí.
3. AL GRANO


Sigo reflexionando, tirando de generalidades grandilocuentes.
Por un lado, se puede decir que podemos dirigir nuestro amor a dos “objetos”:
a la realidad de la otra persona y
a la idea que tenemos sobre la realidad de esa persona.
Y podemos amar de las dos maneras. A mí personalmente me gusta moverme entre ambos opuestos: ser realista e idealista, al mismo tiempo. Pragmático y enamoradizo, rancio y romántico, sensual y soñador, presente y en el más allá.
Por otro lado, tengo dos partes dentro de mí:
una parte egocéntrica, encerrada en mí.
otra parte empática, que resuena con la vulnerabilidad ajena.
La tristeza profundamente sentida en estos tiempos de duelo, en mi caso, me ha devuelto el poder y la presencia a esta parte empática. Ahora me conmuevo como nunca, me dejo mover por la emoción del otro, humildemente.
Esta parte empática es la que me enseña a amar la realidad de la otra persona.
La realidad de la otra persona.
Realmente siento que quiero que la otra persona sea auténtica, sea ella misma. Quiero que la otra persona sea desde su ser, desde su realidad y no desde mi idealismo o las carencias de mi realidad.
Siento y pienso que es más amoroso aceptar la libertad de la otra persona.
Lo digo y una parte de mí protesta explosivamente.
- ¡Protesto, señoría! ¡Es inaceptable, indignante, inmoral!
Esa parte de mí es el miedo que quiere controlar. Pero a día de hoy se ha convertido en una parte de mí mucho menos poderosa, puesto que durante el último año se ha evidenciado sobradamente su impotencia (en mí y en el mundo).
Así pues, es más amoroso (y poderoso) dejar de luchar por controlar las amenazas que suponen que el otro sea libre.
Sí, eso…
Aceptar la libertad -en lugar de luchar por controlarla- es un acto de amor profundo.
4. LUCHAR CONTRA EL AMOR


Luchar es algo que yo, al menos, hago en dos sentidos: 1) lucho contra la libertad de la otra persona, 2) lucho contra mi propia libertad.
¿Y por qué esa lucha?
En ambos casos por la misma razón, creo:
por terror a la libertad.
por un deseo egoísta, dominante, egocéntrico.
por miedo a no ser elegido (pues libertad es poder elegir, es libertad para que no me elijan, libertad para yo no elegirte).
por miedo a las consecuencias de la elección libre (dolor, tristeza, frustración, duelo…).
5. Miedo a la realidad de la libertad


Da miedo pensar todo lo que el otro puede llegar a hacer y ser, pero también lo que nosotros podemos llegar a hacer y ser.
Es decir, el tema que yo tengo con la libertad es doble:
no solamente para mí es un reto aceptar la libertad de la otra persona que amo
sino que también es un reto aceptar mi propia libertad.
Es decir, “dar” libertad al otro no significa desatender la propia libertad. No. Para dar libertad hay que darse libertad, igual que para vivir en libertad tenemos que ser capaces de darla.
PARÉNTESIS: Qué fácil decir lo anterior.
Siempre que he escuchado estas cosas he sido emocionalmente incapaz de comprenderlo, lo cual ha hecho que intelectualmente nunca me haya convencido.
Qué importante es el trabajo emocional para poder hacer un trabajo intelectual. Y al revés: de nada sirve el trabajo emocional sin un trabajo intelectual adecuado (por eso son un peligro aquellas terapias que son muy corporales y emocionales pero deficientes en la calidad de sus análisis y lenguaje).
Así pues, el reto es aceptar la libertad de afuera. Y la propia.
Vamos a desglosarlo.
5.1. Aceptar la libertad del afuera
Empecemos con el afuera y los otros.
Por ejemplo, en una relación de pareja: que dos personas, y sus realidades, puedan ser incompatibles -o limitantes de la libertad de la otra- me parece esperable como norma, como ley, como consecuencia de cómo son las personas.
La realidad de afuera, la del otro, limita nuestra libertad. Es lo que puto hay pues lo que es no es solamente lo que yo deseo, prefiero, quiero, necesito…
Lo que es incluye al mundo que no soy yo.
Es una cuestión ontológica, existencial.
Creo que hay que estar abiertos a un mundo exterior que tiene su derecho a existir y que reclama su espacio para ser. Ni más ni menos que el mismo reclamo que hacemos para nosotros mismos.
El problema es cuando esto se desequilibra y:
lo mío lo impongo unilateralmente (como ocurre con el narcisismo).
lo del otro se me impone unilateralmente (entrando en un patrón de sumisión y complacencia).
5.2. Aceptar la propia libertad
Por otro lado, además de aceptar la realidad de los otros y del mundo, su derecho a ser y sus límites, también es nuestro trabajo aceptar nuestro derecho a ser y los límites de nuestro ser y realidad.
Aquí me quiero centrar en el concepto de los “límites” de nuestro ser.
Límites que deberíamos tenerlos en cuenta para definir qué es para nosotros nuestra libertad, qué podemos esperar, siendo realistas (no idealistas). Así pues, lo que somos define un potencial al que aspirar. Pero no más.
Y tampoco podemos fliparnos con eso, pues hablábamos de que la realidad que nos rodea limita nuestro ser. Así que la libertad propia depende de nuestra libertad potencial (definida/limitada por nuestro ser) y un entorno necesariamente limitante.
6. ¿Por qué valoramos la libertad?


Me pregunto tantas cosas… ¿Y por qué será que la libertad es un valor al que aspiramos tanto?
Será que la veneramos cuando la vivimos, la añoramos cuando la perdemos, la admiramos cuando la vemos en los otros.
Será por toda la historia de la humanidad, una historia de abusos de poder. El eterno retorno de sistemas opresivos, relaciones de dominio y restricciones que nos han robado nuestro derecho a elegir.
O será porque es el sueño del narcisista que idealiza una libertad sin límites.
O por ser la la pecaminosa soberbia del místico, que se confunde con el poder de Dios.
O el hogar del loco, la inspiración del artista…
O simplemente aspiramos a la libertad porque aspiramos al amor, el logro del amor, de sentir al otro como parte de uno. Quizás la libertad sea finalmente lograr querer para el otro lo mismo que para uno mismo. Pero… ¿Quién dijo que era fácil quererse?
Yo qué sé, divago. Quizás todo esto sea demasiado complejo para pensar aquí y ahora. Quiero irme de casa ya. La introspección está bien, un rato… pero puede ser un peligro en exceso. La vida está ahí fuera. Yo soy mi relación con la vida.
7. Conclusiones inconclusas
El apego y la libertad, lejos de ser opuestos, se funden en una danza perpetua: la libertad nos da alas, el apego nos da raíces. Y quizá, al final, solo aprendemos a vivir cuando logramos bailar entre ambas.
La verdad es que no sé qué es el amor pero seguramente la respuesta se encuentre entre las estrellas ausentes y presentes, entre los límites de mi ser y el horizonte de los sueños del ser de los otros. Porque amar y ser libre es, quizás, el mayor reto de esta breve vida, pero también su mayor milagro.
En fin… seguimos fluyendo en la incertidumbre de la vida, la seguridad del misterio.


Si os interesa el tema del amor y la libertad, hay un libro llamado “Love and Freedom” de Jorge Ferrer que es una maravilla. Jorge es un psicólogo transpersonal que es todo un referente para mí. Ya lo mencioné recientemente en una entrevista sobre Espiritualidad y Locura, además de en un extenso artículo sobre los celos masculinos en el poliamor y la novogamia. En español tenéis lo que sería el equivalente del libro anterior, pero en una versión mucho menos académica y más accesible, titulado “Novogamia. Más allá de la monogamia y del poliamor”.
Un abrazo y gracias por leerme.
RESUMEN











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