La distancia infinita entre Dios y el ser humano

Si Dios hablara, ¿cómo lo sabríamos? Este texto reflexiona filosóficamente sobre Dios, la revelación, los profetas, la mística, la falibilidad humana, la distancia entre lo finito y lo infinito, los límites del conocimiento, el simbolismo religioso y la imposibilidad de verificar lo divino con certeza. 9 junio 2026

13 min leer

La pregunta no es si Dios existe

Hay una idea que me ronda desde hace tiempo. Una idea que ya compartí en mi libro. Quizá sea porque me siento profundamente atraído por Dios desde siempre (¿desde antes de nacer?), porque me fascina cómo el ser humano se ha acercado a lo divino, o por mi faceta filosófica o clínica, no lo sé, pero la cuestión es que me inquieta profundamente la seguridad con la que a veces alguien dice hablar en nombre de lo infinito.

No me refiero solo a las religiones institucionalizadas. También ocurre en espiritualidades modernas, en ciertas experiencias psicodélicas, en algunas formas de terapia cuando se ponen solemnes, en la astrología mal entendida, en la Nueva Era, en el gurú que dice canalizar, en el profeta antiguo, en el iluminado contemporáneo o en la persona que sale de una experiencia emocional muy intensa y dice: “esto no puede ser solo mío; esto viene de otro lugar”.

Puede ser.

No quiero empezar negando.

La pregunta no es si Dios existe. La pregunta es otra: si Dios es infinitamente superior a lo humano, ¿cómo podríamos saber con garantías que algo procede de Dios? No digo con emoción, ni con belleza, ni con sentido, ni con una certeza interior tan intensa que parece rompernos por dentro. Digo: con garantías.

Porque ahí empieza el problema. Ya escribí sobre lo que llamo Naturalismo Higiénico a la hora de hablar de la mirada participativa propia de la psicología transpersonal.

Hoy quiero ir más allá.

Hay argumentos filosóficos interesantes a favor de Dios. El argumento de la dependencia, por ejemplo: todo lo que conocemos parece depender de otra cosa, y quizá no tenga sentido pensar que la totalidad de lo real pueda sostenerse solo con piezas dependientes. También están los argumentos cosmológicos, la pregunta por la causa primera, por el fundamento de la existencia, por el ajuste fino del universo, por la inteligibilidad del mundo, por la aparición de seres capaces de preguntarse por el bien, la belleza, el sufrimiento, la muerte y el sentido.

No me parecen tonterías. Tampoco me parecen pruebas concluyentes. Me parecen puertas.

Puertas intelectuales, no posesiones.

Y quizá esto ya nos da una primera pista: cuando hablamos de Dios, las mejores ideas no suelen funcionar como martillos, sino como umbrales. No cierran el mundo. Lo abren. Pero abrir una puerta no significa saber qué hay al otro lado.

Durante este texto desarrollaré una argumentación a favor de la imposibilidad del ser humano para reconocer con garantías lo divino, lo cual me situa en una posición fuertemente agnóstica. Exploraré también los argumentos que considero más fuertes contra mi postura e intentaré defenderme.

Estoy abierto a réplicas pues soy falible, no tengo la verdad (aunque me encantaría), solamente comparto mi pensar. De hecho, acabaré este texto con un vídeo que recientemente vi sobre una persona que admiro y con la que me identifico.

Por cierto, qué egoico es admirar a alguien con la que te identificas jajaja.

Nuestra finitud no solo nos limita: nos vuelve falibles

Nosotros somos seres finitos. Animales simbólicos y religiosos, sí, pero animalicos sudorosos. Organismos que han emergido evolutivamente desde formas más simples de vida; ensamblajes frágiles de células, hambre, apego, lenguaje, memoria, deseo, vergüenza, cultura, defensa, imaginación y muerte. Podemos escribir ecuaciones, rezar, enamorarnos, mirar una galaxia, enterrar a nuestros padres o intuir lo eterno durante tres segundos mirando el mar. Pero seguimos siendo seres con sistema nervioso. Seres que se equivocan. Seres que interpretan. Seres que proyectan. Seres que necesitan. E incluso cuando buscamos la verdad, no dejamos de buscar también consuelo, pertenencia, orden, poder, amor, alivio o una forma de no estar solos en medio del vértigo.

Ahí está mi tesis principal: nuestra finitud no solo significa que somos pequeños. Significa que somos falibles.

No somos una ventana limpia por la que pasa la luz divina sin deformación. Somos más bien un cristal antiguo: deja pasar algo, quizá mucho, pero también colorea, curva, distorsiona y refleja nuestra propia cara cuando creemos estar mirando el cielo. A veces el cristal es precioso. Pero sigue siendo cristal.

Podemos relacionarnos con el infinito. Las matemáticas lo muestran de una manera extraordinaria: Cantor, los conjuntos infinitos, los números transfinitos, la posibilidad de pensar distintos tamaños de infinito. La mística lo muestra de otra forma: unión, disolución, silencio, éxtasis, noche oscura, presencia. La religión lo ha intentado narrar durante milenios mediante símbolos, ritos, profetas, mitos, plegarias, textos sagrados, cantos, templos, heridas y esperanzas.

Pero relacionarse con el infinito no es poseerlo.

Cuando una cifra es comprensible pero inhabitable

Podemos calcular distancias intergalácticas. Podemos decir que una galaxia está a millones de años luz. Podemos escribir la cifra, operar con ella, introducirla en un modelo físico, representarla en una pantalla.

Pero humanamente, ¿qué hacemos con eso?

Poco más que abrir la boca. Asombro. Flipar en colores. Vértigo. Silencio.

Una cifra puede ser científicamente manejable y humanamente inhabitable.

Con Dios ocurre algo todavía más radical. Porque Dios, si es Dios, no sería simplemente un objeto enorme. No sería una galaxia más grande. No sería una fuerza muy poderosa dentro del universo. No sería un señor invisible que vive en una habitación metafísica. Dios sería, en sentido fuerte, el fundamento de todo: lo absoluto, lo infinito, aquello que no cabe dentro del mundo porque el mundo, de algún modo, cabría en Él.

Y entonces aparece una desproporción. No una distancia grande, como la que hay entre una hormiga y una catedral; ni una distancia pedagógica, como la que hay entre un niño y una teoría física; sino una distancia de orden. Una distancia entre lo finito y lo infinito, entre la parte y la totalidad, entre el símbolo y aquello que el símbolo apenas roza.

El problema no es que Dios no pueda hablar

Aquí aparece el problema religioso en su forma más delicada. Alguien podría decir: “De acuerdo. El ser humano no puede alcanzar a Dios por sí mismo. Pero Dios puede revelarse”.

Sí. Podría.

Si Dios es Dios, no tendría por qué estar limitado por nuestra incapacidad. Podría atravesar la distancia, hacerse presente, hablar, llamar, tocar la conciencia humana desde dentro. Esta es una objeción fuerte, y no conviene caricaturizarla.

Pero no resuelve del todo el problema, porque incluso si Dios se revelara, nosotros tendríamos que identificar/reconocer esa revelación. Y la identificaríamos con nuestros órganos humanos: lenguaje, memoria, tradición, comunidad, biografía, heridas, deseo, miedo, esperanza, categorías morales, sensibilidad estética y necesidad de sentido.

El problema no es solo si Dios puede hablar. El problema es cómo sabe un ser humano que lo que escucha es Dios.

Porque una voz interior puede ser muchas cosas: una intuición profunda, una metáfora viva, una elaboración inconsciente, una experiencia mística real, una defensa contra el desamparo, una forma de belleza, una alucinación, una revelación o varias cosas a la vez. Y si somos honestos, no siempre sabemos separarlas limpiamente.

No lo sabemos en psicología. No lo sabemos en arte. No lo sabemos en amor. No lo sabemos del todo ni siquiera con nosotros mismos.

¿Cómo íbamos a saberlo sin resto cuando hablamos de Dios?

El profeta no elimina el problema: lo concentra

Entonces alguien podría decir: “Para eso están los profetas”.

Bien. Pero aquí no desaparece el problema. Se concentra.

Si el profeta es humano, entonces pertenece a nuestro lado de la distancia. Puede ser sabio, sensible, inspirado, lúcido, carismático, valiente, transformado, santo incluso. Pero sigue hablando con palabras humanas. Sigue habitando una época. Sigue usando imágenes disponibles en su cultura. Sigue teniendo cuerpo, afectos, sesgos, enemigos, seguidores, miedo, carácter, temperamento, deseo de justicia, quizá deseo de reparación, quizá deseo de obedecer a algo que le excede.

Sigue siendo un ser finito.

Y si el profeta está tan cerca de Dios que realmente salva la distancia infinita, entonces aparece el problema contrario: ¿cómo lo reconocemos nosotros? ¿Cómo distingue un humano falible al verdadero profeta del impostor, del poeta, del visionario, del fanático, del traumatizado, del místico genuino, del líder carismático, del genio moral o del enfermo que ha convertido su ruptura interior en mandato cósmico?

No basta con decir “por sus frutos”, porque los frutos también se interpretan. No basta con decir “por la belleza de sus palabras”, porque la belleza también seduce. No basta con decir “por la tradición”, porque las tradiciones también se equivocan. No basta con decir “por la intensidad de la experiencia”, porque la intensidad no es garantía de verdad.

También transforman vidas el amor, la guerra, el arte, la enfermedad, el trauma, una ideología, una secta, una pérdida, un nacimiento.

Este es, para mí, el nudo: o el profeta está demasiado cerca de nosotros, y entonces no salva la distancia infinita; o está demasiado cerca de Dios, y entonces queda fuera de nuestros criterios humanos de identificación.

El punto medio entre lo finito y lo infinito

Podría decirse que hay un punto intermedio (por ejemplo, que el profeta intermedia entre el infinito y nuestra finitud). Pero no sé si hay punto intermedio entre lo finito y lo infinito, al menos en el sentido existencial fuerte.

Matemáticamente, la cuestión es más compleja. Podemos hablar de infinitos, dividir conjuntos infinitos, comparar cardinalidades, pensar infinitos mayores que otros. La matemática tiene una relación sofisticadísima con lo infinito. Pero aquí no estamos hablando solo de números. Seguimos hablando de reconocer a Dios en una voz humana. Seguimos hablando de convertir una experiencia en doctrina. Estamos hablando de pasar del temblor al dogma, del símbolo a la ley, del misterio a la institución. De la herida luminosa de un profeta a una frase que luego alguien puede usar para amar, consolar, dominar, excluir, matar o salvarse de su propia angustia.

Así pues, personalmente no soy capaz de pensar cómo podría ser esta intermediación sin que el problema epistemológico se mantuviera de alguna manera.

La Encarnación salva la distancia, pero no toda la falibilidad

La teología cristiana tiene una respuesta enorme al problema que habíamos presentado con los profetas: la Encarnación. Dios se hace humano. Dios entra en la historia. Dios no solo habla desde lejos, sino que asume carne, tiempo, sufrimiento, nacimiento, vulnerabilidad y muerte.

Es una idea potentísima. Quizá una de las ideas religiosas más audaces que se han formulado nunca. Obviamente, para la religión no es solo una idea, es un hecho histórico, una prueba milagrosa.

Pero tampoco elimina del todo el problema epistemológico, porque incluso si Dios se encarna, alguien debe reconocerlo. Y ese alguien vuelve a ser humano. Unos verán a Dios. Otros verán a un blasfemo. Otros verán a un profeta. Otros verán a un loco. Otros verán a un peligro político. Otros verán a un maestro moral. Otros verán a un mito construido después.

La Encarnación puede salvar teológicamente la distancia entre Dios y el ser humano, pero no elimina automáticamente nuestra falibilidad a la hora de reconocer esa Encarnación.

Podríamos haber juzgado como milagro o poder divino lo que tendría otras explicaciones no divinas. Sigue siendo una posibilidad epistemológica muy fuerte.

Dicho de forma más simple: aunque Dios bajara la escalera, nosotros seguiríamos teniendo que distinguir si quien llama a la puerta es Dios, un hombre, un símbolo, una historia, una necesidad colectiva o todo eso mezclado.

La parte divina del ser humano tampoco aparece en estado puro

También existe otra respuesta clásica: hay algo divino en el ser humano. Imagen de Dios, alma, chispa, participación, gracia, capacidad de infinito, apertura al absoluto.

Esta respuesta me interesa mucho desde que estudié teología en la facultad de filosofía, porque no plantea una distancia simplemente externa entre Dios y nosotros, sino una especie de grieta interior por la que lo infinito podría tocar lo finito. Como si el ser humano no fuera solo barro, sino barro con una memoria del fuego o una dimensión divina.

Pero tampoco aquí desaparece el problema. Porque entonces debemos preguntar: ¿cómo se relaciona esa parte divina con nuestra parte animal? ¿Cómo se mezcla la gracia con el miedo, la intuición con el deseo, la apertura a Dios con la necesidad de ser especial, el alma con la bioquímica, la cultura, la infancia, el lenguaje, el narcisismo, el hambre, el sexo, el poder, la vergüenza?

Si hay algo divino en nosotros, no aparece en estado puro. Aparece encarnado.

Y lo encarnado sangra, desea, compensa, fantasea, recuerda mal, se defiende, se equivoca, busca sentido donde a veces solo hay caos, y a veces encuentra sentido donde el caos no era lo último.

No lo digo para reducir la espiritualidad a psicología. Ese sería un error simétrico. Antes todo era Dios. Ahora todo sería trauma, apego, dopamina, sesgo cognitivo, defensa narcisista o necesidad de control. No. La realidad es más rara. Pero precisamente porque es más rara, conviene ser prudentes. Una experiencia espiritual puede ser verdadera sin ser infalible. Puede ser transformadora sin ser literalmente dictada por Dios. Puede contener sabiduría sin estar libre de biografía. Puede abrirnos al misterio sin autorizarnos a hablar en nombre del misterio. Puede tener algo de Dios y mucho de nosotros. Puede tener mucho de nosotros y, aun así, no ser solo nosotros.

Para mí, la respuesta es reconocer que no sabemos con certeza, solamente con intuiciones.

La mística puede ser directa; la interpretación no

Aquí la mística introduce otra objeción importante: “el místico no deduce a Dios. Lo experimenta”.

Hay experiencias que no se viven como pensamiento, sino como contacto. Como presencia. Como desbordamiento. Como si el yo, durante un instante, dejara de estar en el centro. Como si muriera el ego. Como si la realidad respirara por dentro. Como si uno no creyera en Dios, sino que fuera mirado por algo que no sabe nombrar.

No deberíamos despreciar eso. Pero una cosa es la experiencia y otra su interpretación.

Una cosa es el rayo. Otra cosa es construir una teología del rayo. Una cosa es sentir que todo está unido. Otra es afirmar qué significa ontológicamente esa unidad. Una cosa es vivir una experiencia de amor absoluto. Otra es concluir que una institución concreta, un texto concreto, un dogma concreto o una autoridad concreta posee la administración legítima de ese absoluto.

Entre la experiencia y la doctrina hay traducción. Y donde hay traducción, hay pérdida, creación, belleza. También error.

El símbolo señala el océano, pero no lo sustituye

Quizá el símbolo sea precisamente eso: una forma humana de tocar globalidades que no podemos poseer conceptualmente. El símbolo no encierra el misterio; lo señala, lo evoca, lo inspira. No captura el océano; moja los dedos. No sustituye a Dios; impide, cuando funciona bien, que confundamos nuestras frases sobre Dios con Dios mismo.

Pero el símbolo también puede degradarse. Puede endurecerse, volverse consigna, convertirse en frontera. Puede dejar de ser ventana y convertirse en muro.

Por eso me interesa una espiritualidad que no pierda la sospecha sobre sí misma. Una fe que no se odie, pero que tampoco se absuelva demasiado rápido. Una fe capaz de decir: "creo, pero puedo estar equivocado"; "he sentido algo, pero debo interpretarlo con humildad"; "esto me transforma, pero no me autoriza a dominar a nadie"; "esta palabra me orienta, pero no agota lo real"; "esta tradición me sostiene, pero también ha sido construida por seres humanos falibles".

A veces se piensa que la duda debilita la fe. Yo creo que depende. Hay una duda que corroe porque no se atreve a vivir. Pero hay una duda que purifica porque impide poseer.

Y quizá, cuando hablamos de Dios, la duda no sea necesariamente enemiga de la religión. Puede ser una forma de higiene espiritual. Una manera de no convertir el misterio en propaganda. Una manera de no usar a Dios como amplificador de nuestro miedo, de nuestra moral, de nuestra tribu o de nuestra necesidad de certeza.

Cuando la falibilidad humana se reviste de certeza divina

Si Dios existe, quizá no deberíamos hablar de Él como quien señala un mueble en una habitación: “está ahí”, “es esto”, “quiere exactamente esto”, “ha dicho exactamente esto”, “nosotros somos los suyos”, “los otros están fuera”.

Eso puede dar seguridad. También puede ser peligrosísimo.

No porque toda religión sea peligrosa. No porque toda revelación sea falsa. No porque toda experiencia mística sea autoengaño. Sino porque el ser humano es falible, y cuando la falibilidad humana se reviste de certeza divina, sus errores adquieren una potencia tremenda.

Un error humano se puede discutir. Un error atribuido a Dios se vuelve casi intocable.

Y ahí aparece el riesgo ético.

La persona ya no dice “yo creo”, sino “Dios quiere”. Ya no dice “mi comunidad interpreta”, sino “la verdad es”. Ya no dice “esta imagen me ayuda”, sino “quien no vea esto está perdido”. Ya no dice “este texto me orienta”, sino “este texto clausura toda pregunta”.

El misterio se convierte en orden. El símbolo en arma. La fe en blindaje. Dios en propiedad privada de una tribu.

Quizá por eso las formas más maduras de religión no son las que más rápido afirman, sino las que mejor soportan el desajuste entre Dios y nuestras palabras sobre Dios.

Hay algo profundamente religioso en callar. No como cobardía, ni como vacío, ni como relativismo cómodo, sino como reconocimiento de proporción. Como quien entra en una catedral inmensa y entiende que hablar demasiado alto sería una falta de educación del alma.

Una fe menos posesiva

Quizá Dios existe. Quizá hay revelación. Quizá hay profetas. Quizá hay experiencias místicas que tocan algo real. Quizá algunos textos sagrados conservan intuiciones de una profundidad que no deberíamos despachar con suficiencia moderna.

Pero, si Dios es realmente Dios, entonces nadie debería poder meterlo entero en una frase. Ni en un dogma. Ni en un libro. Ni en una institución. Ni en una experiencia privada. Ni en una voz interior. Ni en una tradición, por antigua que sea. Ni en una emoción, por luminosa que parezca.

No rechazo la fe. Rechazo la facilidad con la que convertimos la fe en certeza absoluta.

No rechazo a Dios. Rechazo la apropiación humana de Dios.

No rechazo el símbolo. Rechazo olvidar que el símbolo es símbolo.

Quizá la fe más honesta no sea decir: “yo sé lo que Dios quiere”. Quizá sea decir: “no lo sé del todo, pero algo en mí se inclina ante lo que no puede comprender”.

Y desde ahí puede empezar otra relación con lo divino. Menos posesiva. Más simbólica. Más humilde. Más adulta.

Una espiritualidad capaz de rezar sin apropiarse de Dios, de pensar sin reducirlo, de dudar sin cinismo, de creer sin convertir la fe en arma, de escuchar una experiencia interior sin obedecerla automáticamente, de mirar el infinito sin confundir el asombro con una prueba.

Porque puede que Dios exista.

Pero si existe, quizá lo primero que deberíamos aceptar es que no tenemos un detector humano infalible de Dios.

Tenemos símbolos, experiencias, textos, tradiciones, intuiciones, cuerpos que tiemblan, inteligencia, deseo de verdad, miedo, belleza, comunidad, heridas y hambre de absoluto.

Y con todo eso, que es mucho y es poco, nos acercamos al misterio.

Como quien se acerca al mar con un cuenco entre las manos. Puede recoger agua, beber, lavarse la cara, incluso salvarse de morir de sed.

Pero el cuenco no es el océano.

Y quizá buena parte de nuestra tragedia religiosa empieza cuando olvidamos eso.

UN VÍDEO PARA REFLEXIONAR

hola@sercontigo.com

© 2026. Todos los derechos reservados.

LEGAL

CONTACTO

INSTAGRAM

YOUTUBE