
¿Puede la astrología ser una forma de evitar la frustración y la incertidumbre? Un estudio experimental sobre esoterismo y psicología
1/7/26
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Una investigación quizá inesperada
Puede resultar curioso, incluso un poco paradójico, que una persona que lleva años trabajando con astrología psicológica haya decidido investigar si las narrativas esotéricas pueden funcionar como una forma de evitación o escape ante la frustración. Lo entiendo. A primera vista, podría parecer que alguien que se dedica a la astrología solo debería defenderla, justificarla o hablar de sus posibilidades más luminosas. Pero mi posición es algo distinta. Precisamente porque me interesa la astrología, porque la practico, porque la estudio, porque sé lo potente que puede ser como lenguaje simbólico, considero importante preguntarme también por sus riesgos, sus malos usos y sus zonas menos cómodas.
Ante todo, soy una persona curiosa y responsable con lo que hago. Y eso significa no convertir una herramienta en un refugio intocable. La astrología puede abrir preguntas, ayudar a elaborar experiencias difíciles, dar lenguaje a partes de nosotros que a veces no sabemos nombrar y generar una sensación de sentido cuando estamos atravesando momentos confusos. Pero también puede utilizarse para escapar de decisiones, justificar patrones rígidos, evitar el contacto con el dolor o convertir una crisis en una explicación cerrada demasiado pronto. No creo que el problema sea “creer” o “no creer” en astrología, ni tener una sensibilidad simbólica, ni sentirse atraído por la espiritualidad New Age, ni puntuar alto en rasgos relacionados con experiencias inusuales. La pregunta verdaderamente interesante es otra: ¿desde dónde lo haces y qué función cumple eso en tu vida?
Este estudio nace de ahí. No intenta demostrar si la astrología, el tarot, la sincronicidad o las creencias esotéricas son verdaderas o falsas. Esa sería otra discusión, filosófica, epistemológica o incluso cultural. Aquí la pregunta es psicológica: cuando una persona se siente bloqueada, frustrada o con poca capacidad de actuar, ¿puede aumentar su preferencia por explicaciones esotéricas como forma de afrontar esa experiencia?
qué hace una creencia en nuestra conducta
En psicología, a veces lo más importante no es solo el contenido literal de una creencia, sino la función que cumple. Una misma frase puede ser medicina o una cárcel según el uso que le demos. Por ejemplo, “esto me está enseñando algo” puede ayudar a una persona a sostener una crisis con más amplitud, paciencia y perspectiva. Pero también puede servir para no tomar una decisión necesaria, para aguantar una relación dañina o para evitar una conversación incómoda. La misma frase, dos funciones muy distintas.
Con la astrología ocurre algo parecido. Una carta natal puede ser un mapa simbólico para hacerse preguntas, reconocer patrones, elaborar contradicciones internas y ganar perspectiva. Pero también puede convertirse en una coartada elegante para no cambiar nada: “soy así porque tengo Saturno en el Ascendente”, “esto tenía que pasar por este tránsito plutoniano”, “no puedo hacer otra cosa porque mi carta tiene un stellium en Capricornio”. Cuando esto sucede, el símbolo deja de abrir posibilidades y empieza a estrecharlas.
Por eso, en este trabajo me interesaba especialmente diferenciar entre un uso simbólico y flexible de las narrativas esotéricas (cuando ayudan a elaborar, pensar, jugar, conectar, imaginar y actuar mejor) y un uso rígido o evitativo (cuando sirven para cerrar demasiado rápido una explicación, reducir el contacto con el malestar o sustituir la acción concreta). La clave clínica no es solo qué cree una persona, sino si esa creencia amplía o estrecha su repertorio de conducta.
Qué entiendo por afrontamiento esotérico
Para poder investigar algo, primero hay que definirlo de una forma que pueda medirse. Esta es una de las partes más bonitas y más difíciles del método científico: convertir una intuición compleja en algo observable sin destrozarla por completo. Es como intentar estudiar una melodía. Si la reduces demasiado, pierdes la música. Si no la ordenas nada, no puedes analizarla.
En este estudio llamé afrontamiento esotérico a una preferencia situacional (es decir, que solamente es relevante en una situación concreta) por usar narrativas mágicas, teleológicas o espirituales para reorganizar una experiencia frustrante. Dicho más claro: cuando algo se bloquea y no puedo actuar como querría, puedo intentar encontrar sentido, señales o una forma indirecta de control a través de explicaciones esotéricas.
Lo dividí en tres formas principales. La primera fue la teleología cósmica (interpretar una crisis como parte de un destino, un aprendizaje o un orden superior). Su función sería aportar sentido. La segunda fue la sincronicidad apofénica (leer coincidencias o señales ambiguas como personalmente significativas). Su función sería ofrecer orientación. La tercera fue la fusión pensamiento-acción positiva (creer que la visualización, el deseo, la intención o la energía mental pueden influir materialmente en el desenlace). Su función sería ofrecer una forma de control o agencia indirecta o mágica.
Es importante decir algo: estos tres elementos no son diagnósticos, ni categorías clínicas, ni una escala definitiva sobre espiritualidad. Son un índice experimental breve para captar una reacción concreta en una situación concreta. No pretendía medir “la espiritualidad de una persona” en sentido amplio, sino observar si, después de una experiencia de bloqueo, aumentaba la preferencia por este tipo de respuestas.
Frustración no es solo incertidumbre
Una parte importante del estudio fue diferenciar la incertidumbre de la frustración. La incertidumbre aparece cuando no sabemos qué va a pasar. Es ese estado de niebla donde faltan datos, donde la mente busca señales, predicciones, indicios, algo que permita orientarse. La frustración, en cambio, tiene una cualidad más concreta: sé lo que quiero o necesito hacer, pero algo lo impide. No es solo “no sé qué ocurrirá”, sino “hay una meta bloqueada”.
Por ejemplo, incertidumbre sería no saber si te van a llamar de un trabajo. Frustración sería recibir una respuesta burocrática absurda que impide avanzar en un proceso que dependía de ti. Incertidumbre es estar en una habitación a oscuras buscando el interruptor. Frustración es encontrar el interruptor, pulsarlo y descubrir que la instalación no responde.
Esta diferencia importa porque el estudio no buscaba generar una duda abstracta, sino una experiencia de restricción de agencia (una situación donde la persona siente que su capacidad de actuar queda bloqueada). Y cuando la agencia se bloquea, a menudo buscamos otra manera de recuperar algún tipo de control. Si no puedo cambiar el obstáculo, quizá intento cambiar el significado del obstáculo. Ahí pueden entrar las narrativas simbólicas, espirituales o esotéricas.
La metodología: cómo se intentó estudiar algo tan subjetivo
El estudio fue experimental, cuantitativo y online. Participaron 205 personas. Se las asignó a una de dos condiciones: una condición experimental, diseñada para activar una experiencia de frustración o restricción de agencia, y una condición control, más neutra y procedimental. Esto es importante porque en ciencia no basta con preguntar “¿qué suele hacer la gente cuando se frustra?”. Si queremos aproximarnos a una relación causal, necesitamos comparar grupos y ver si una condición produce efectos distintos a otra.
El procedimiento tuvo tres fases. En la primera fase, las personas respondían a cuestionarios sobre variables disposicionales (características previas de la persona). Se evaluó, por ejemplo, la esquizotipia positiva mediante el CAPE-42 (no como diagnóstico, sino como medida de disponibilidad hacia experiencias inusuales, asociaciones simbólicas o atribuciones especiales de significado), la intolerancia a la frustración mediante la FDS (dificultad para sostener malestar, incomodidad o bloqueo de metas) y la orientación New Age mediante la NAOS-10 (adhesión previa a creencias o prácticas propias de la Nueva Era).
En la segunda fase, 24 horas después, se pedía a las personas que recordaran una experiencia autobiográfica. En la condición experimental, esa experiencia estaba relacionada con frustración o bloqueo. En la condición control, era una situación más neutra o rutinaria. Después, mediante inteligencia artificial, se generaba una notificación personalizada vinculada a una meta o área vital relevante para la persona. Esta parte fue metodológicamente interesante porque permitía que el estímulo no fuera completamente genérico. No es lo mismo leer una viñeta fría y abstracta que recibir algo conectado con una preocupación vital propia. La IA permitió aumentar la validez ecológica (que el experimento se pareciera un poco más a la vida real), aunque también introdujo una limitación: no todas las personas recibieron exactamente el mismo contenido, y eso añade variabilidad.
En la tercera fase, las personas leían la notificación, respondían a medidas de urgencia de alivio y completaban una matriz de afrontamiento situacional. Aquí podían mostrar preferencia por estrategias racionales, evitativas simples o esotéricas. Esto también era importante: no se planteaba una oposición rígida entre razón y esoterismo. Una persona podía querer analizar el problema de forma racional y, al mismo tiempo, buscar sentido simbólico. En la vida real funcionamos así muchas veces: no somos sistemas puros, sino repertorios mezclados, contradictorios, simultáneos.
Lo primero: la manipulación funcionó
Antes de interpretar cualquier resultado, había que comprobar algo básico: ¿la inducción experimental generó realmente más malestar o más demanda regulatoria? Si un experimento pretende estudiar frustración, primero tiene que mostrar que ha producido algo parecido a frustración. Si no, todo lo demás queda en el aire.
Los resultados indicaron que la condición experimental aumentó la intensidad emocional negativa y también la urgencia de alivio después de la notificación. En términos estadísticos, la intensidad emocional negativa aumentó con un tamaño del efecto moderado (d = .52) y la urgencia de alivio con un tamaño del efecto moderado-alto (d = .73). Traducido: no fue una manipulación meramente formal. La situación experimental produjo una diferencia psicológica apreciable.
Esto es una de las cosas que me gustan del método científico: antes de lanzarse a interpretar grandes ideas, te obliga a comprobar si el paso anterior está bien puesto. Es como construir un puente. No puedes discutir la belleza del arco si antes no has comprobado que los pilares sostienen peso.
El resultado principal: no fue tan simple
La hipótesis más directa habría sido pensar: si una persona se frustra, aumentará su afrontamiento esotérico. Pero los datos no dijeron exactamente eso. No apareció un efecto principal simple de la condición experimental sobre toda la muestra. Es decir, la frustración experimental no aumentó el afrontamiento esotérico en todo el mundo por igual.
Esto, lejos de ser un problema, hace el resultado más interesante. Porque las personas no reaccionamos igual a las mismas situaciones. La psicología rara vez funciona como una máquina expendedora donde introduces “frustración” y sale automáticamente “pensamiento mágico”. El contexto importa, pero también importa la historia previa, la sensibilidad de la persona, su disponibilidad simbólica, su relación con experiencias inusuales, su estilo de afrontamiento.
El hallazgo más relevante apareció al mirar la interacción con la frecuencia de experiencias positivas del CAPE-42 (experiencias inusuales, ideación mágica, atribuciones especiales de significado). Las personas con alta frecuencia basal de este tipo de experiencias ya tendían a mostrar más preferencia por afrontamiento esotérico independientemente de la condición. En ellas, el repertorio simbólico o esotérico parecía estar ya más disponible. Como una esponja ya húmeda: si añades unas gotas más, el cambio se nota menos.
En cambio, el efecto experimental apareció especialmente en personas con baja frecuencia basal de experiencias inusuales. En estos perfiles, la restricción de agencia sí aumentó la preferencia por afrontamiento esotérico. Esto no significa que “la frustración vuelva esotérica a la gente”, una frase que sería demasiado burda y probablemente falsa. Significa algo más fino: bajo ciertas condiciones, una situación de bloqueo puede activar una búsqueda simbólica de sentido, orientación o control secundario en personas donde ese repertorio no estaba tan disponible de entrada. La disponibilidad disposicional y la reactividad situacional no son lo mismo.
New Age, CAPE y una diferencia importante
También se analizó si ocurría algo parecido con la orientación New Age basal. Y aquí el resultado fue distinto. Las personas con mayor orientación New Age tendían a mostrar más preferencia general por afrontamiento esotérico, lo cual es bastante esperable. Pero la orientación New Age no moderó de forma significativa el efecto experimental. Dicho de forma sencilla: tener más o menos creencias New Age previas no explicó igual de bien quién reaccionaba a la restricción de agencia aumentando el afrontamiento esotérico.
Esto me parece una distinción importante. Una cosa es tener una adhesión cultural o identitaria a la Nueva Era (por ejemplo, creer en ciertas prácticas o sentirse afín a ese mundo simbólico) y otra cosa es tener más frecuencia de experiencias inusuales o atribuciones especiales de significado. En el estudio, la orientación New Age pareció funcionar más como una preferencia estable, mientras que el CAPE (esquizotipia positiva) captó mejor la reactividad situacional ante la frustración.
Otra vez, el método obliga a afinar. Dos cosas que parecen parecidas no necesariamente hacen lo mismo. No todo lo “esotérico”, “espiritual” o “inusual” funciona igual psicológicamente. Esta es una de las razones por las que investigar es tan difícil y tan bonito: porque la realidad raramente obedece a nuestras categorías rápidas.
Un resultado que evita patologizar
Otra hipótesis planteaba que quizá el malestar asociado a experiencias inusuales explicaría más el afrontamiento esotérico que la mera frecuencia de esas experiencias. Es decir, quizá no importaba tanto tener experiencias inusuales, sino sufrir por ellas. Sin embargo, los resultados fueron en otra dirección: fue la frecuencia de experiencias positivas del CAPE la que apareció como predictor significativo, no el malestar asociado.
Esto es clínicamente importante porque evita una lectura patologizante. El afrontamiento esotérico no pareció explicarse principalmente por sufrimiento asociado a experiencias inusuales, sino por disponibilidad hacia determinados marcos interpretativos. Dicho de otro modo: tener una mente más simbólica, asociativa o abierta a lo inusual no equivale automáticamente a estar peor. La cuestión vuelve a ser funcional: qué haces con eso, cómo lo usas, si te flexibiliza o te rigidiza, si te conecta con la vida o te separa de ella.
Aquí es donde mi posición personal y profesional es bastante clara. No me interesa ridiculizar la sensibilidad simbólica, ni reducir lo espiritual a un error, ni tratar toda creencia no convencional como si fuera un síntoma. Pero tampoco me interesa idealizarlo. Hay formas de espiritualidad que abren mundo y formas de espiritualidad que lo cierran. Hay astrología que ayuda a pensar y astrología que ayuda a no pensar. Hay símbolos que permiten respirar y símbolos que se convierten en una habitación sin ventanas.
Razón y esoterismo no son necesariamente enemigos
Uno de los matices más importantes del estudio es que los resultados no indican que la frustración sustituya lo racional por lo esotérico. De hecho, en conjunto, el afrontamiento racional fue superior al esotérico. Esto es relevante porque evita una interpretación sensacionalista. No se trata de decir que cuando las personas se frustran abandonan la razón y se refugian en lo mágico. La realidad parece más compleja.
Las estrategias racionales y esotéricas podían coexistir. Una persona podía decir: “voy a pensar qué pasos concretos puedo hacer el lunes” y, a la vez, “voy a intentar encontrar algún sentido en los tránsitos astrológicos a lo que me está pasando”. Esto se parece bastante más a cómo funcionamos los seres humanos. Podemos ser analíticos y poéticos, pragmáticos y supersticiosos, escépticos y necesitados de sentido, todo a la vez. La mente no es un parlamento ordenado, sino una plaza pública llena de voces, algunas más serenas, otras más antiguas, otras más desesperadas, otras más sabias de lo que parecen.
Desde el punto de vista clínico, esto importa mucho. No se trata de prohibir símbolos, sino de observar su función. Si una narrativa astrológica ayuda a una persona a comprender mejor sus patrones, abrir posibilidades y actuar con más responsabilidad, puede ser útil. Si la lleva a evitar una decisión, justificar un daño o renunciar a contrastar la realidad, puede volverse problemática. El símbolo no es el problema por sí mismo. El problema es cuando el símbolo sustituye el contacto con la vida.
Lo que este estudio no demuestra
También es importante decir lo que este estudio no demuestra. No demuestra que las creencias esotéricas sean patológicas. No demuestra que la astrología sea evitativa por naturaleza. No demuestra que la frustración cause pensamiento mágico en todas las personas. No demuestra mecanismos internos de forma definitiva, como alivio, cierre explicativo o control secundario. Los sugiere como interpretaciones plausibles, pero no los demuestra directamente.
Además, el estudio trabajó con autoinformes y viñetas hechas con IA, no con conducta observada en situaciones naturales. Una persona puede decir que elegiría una estrategia en un cuestionario y luego comportarse de otra manera en la vida real. Esto no invalida el estudio, pero delimita su alcance. La ciencia avanza así: no diciendo “ya está, hemos descubierto la verdad”, sino diciendo “hemos observado esto, en estas condiciones, con estas medidas, y ahora necesitamos seguir afinando”.
El índice de afrontamiento esotérico también requiere más desarrollo. Los tres ítems fueron útiles para este experimento, pero no constituyen todavía una escala psicométrica consolidada. En futuras investigaciones habría que ampliar los ítems, estudiar mejor su estructura, comparar con religiosidad, espiritualidad, pensamiento mágico, reinterpretación positiva, inflexibilidad psicológica y otros procesos relacionados.
Y la inteligencia artificial, aunque permitió personalizar los estímulos, también introduce un reto metodológico. Personalizar aumenta cercanía, pero reduce uniformidad. En investigación, esto es una tensión preciosa: cuanto más se parece algo a la vida, más difícil es controlarlo; cuanto más lo controlas, menos se parece a la vida. El laboratorio y la existencia tienen una relación complicada.
Qué aporta, entonces
Para mí, la aportación principal del estudio es proponer una forma no patologizante y no ingenua de estudiar las creencias esotéricas. No reducirlas a irracionalidad. No convertirlas en síntoma. No romantizarlas como si siempre fueran sabiduría. Analizarlas por su función.
Esto tiene implicaciones para la psicología, pero también para quienes trabajamos con astrología, espiritualidad o lenguajes simbólicos. La pregunta ética no es solo “¿esto resuena?”. La pregunta ética es también: ¿esto ayuda a vivir mejor, a decidir mejor, a contactar mejor con lo que duele, a actuar con más libertad? Si la respuesta es sí, quizá el símbolo está funcionando como puente. Si la respuesta es no, quizá está funcionando como anestesia.
La astrología, usada con cuidado, puede ser una herramienta de autoconocimiento, imaginación psicológica y elaboración narrativa. Puede ayudarnos a mirar la vida desde ángulos que el lenguaje cotidiano no siempre permite. Pero necesita humildad. Necesita no confundirse con una explicación total. Necesita convivir con la duda, con la evidencia, con la responsabilidad y con el cuerpo concreto de las decisiones. Un buen símbolo no debería alejarnos del mundo, sino devolvernos a él con más matices.
Una conclusión personal
Este trabajo no nace contra la astrología. Nace desde un amor crítico por ella. Desde la intuición de que lo simbólico merece ser pensado con rigor, precisamente porque puede tocar zonas muy profundas de la experiencia humana. Y también desde una convicción clínica: las personas no solo necesitamos verdades objetivas, también necesitamos sentido, orientación, relatos, imágenes y formas de sostener lo que no controlamos. Pero cuando el sentido se vuelve demasiado rápido, demasiado cerrado o demasiado cómodo, puede dejar de ser sentido y convertirse en evitación.
Quizá la pregunta final no sea si una creencia es racional o irracional, espiritual o científica, verdadera o falsa. Quizá, al menos desde una mirada psicológica, la pregunta más fértil sea: ¿qué hace esta creencia contigo? ¿Te abre o te encierra? ¿Te ayuda a mirar o te ayuda a no mirar? ¿Te permite actuar o te permite aplazar indefinidamente la acción? ¿Te acompaña en el dolor o lo tapa con una explicación bonita?
Ahí, creo, empieza una conversación más honesta entre psicología, espiritualidad y pensamiento crítico. No una conversación para ganar una guerra cultural, sino para aprender a usar mejor nuestros símbolos, nuestras dudas, nuestras heridas y nuestras formas de buscar sentido cuando la vida, como tantas veces, no responde como esperábamos.
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