Mitos psicológicos sobre la infancia, el apego y el trauma
Somos seres resilientes en continuo aprendizaje
9/10/20259 min leer
LO NEUROLÓGICO
Uno de los principales peligros es asumir que la causa de nuestro comportamiento radica exclusivamente en el funcionamiento cerebral. Si bien la neurociencia ha revelado correlaciones interesantes, esto no implica que dichas correlaciones sean la causa del comportamiento. Como bien señala la máxima científica "correlación no es causación", la existencia de diferencias en la activación cerebral entre personas con tendencias determinadas y aquellas sin ellas no significa necesariamente que esas diferencias sean la raíz del problema. La neurociencia es fascinante, pero no basta para explicar la conducta humana. No todo se reduce a circuitos cerebrales. Del mismo modo que el movimiento de mis músculos no explica por qué decidí jugar al fútbol, el estudio del cerebro no puede, por sí solo, explicar el narcisismo.
La neurociencia ha mostrado en numerosos estudios que el cerebro es un órgano plástico, capaz de cambiar y adaptarse en función de la experiencia y el aprendizaje. Un ejemplo paradigmático de esta plasticidad es el estudio de Maguire et al. (2000) sobre los taxistas de Londres. Su investigación reveló que aquellos que habían pasado años memorizando las complejas calles de la ciudad presentaban un hipocampo posterior significativamente más desarrollado que el de personas sin esa formación. Esto sugería que la estructura cerebral puede modificarse a lo largo de la vida en respuesta a actividades específicas. Sin embargo, sin una medición pre-post (antes y después de estudiar para ser taxista), no se puede descartar completamente la posibilidad de que las personas con un hipocampo posterior más desarrollado tengan más probabilidades de convertirse en taxistas exitosos en primer lugar. Estudios posteriores (Woollett & Maguire, 2011) han intentado abordar esta limitación siguiendo a aspirantes a taxistas durante su proceso de aprendizaje, observando que aquellos que lograban aprobar el examen después de 3-4 años de entrenamiento mostraban cambios en su hipocampo (mayor concentración de materia gris), lo que refuerza la idea de que la experiencia puede modificar la estructura cerebral.(Woollett y Maguire, 2011). Así, en el caso del narcisismo, las diferencias observadas en el cerebro podrían no ser una causa, sino una consecuencia de patrones de comportamiento repetidos a lo largo del tiempo.
Reducir un fenómeno psicológico complejo a meros datos biológicos ignora la influencia del entorno, la educación y la historia personal. Es cierto que en algunos casos específicos, como trastornos neurodegenerativos, lesiones cerebrales o déficits nutricionales graves, las alteraciones biológicas pueden desempeñar un papel determinante en el comportamiento. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los patrones de comportamiento emergen de la interacción entre predisposiciones individuales y el contexto social en el que la persona se desarrolla.


INFANCIA
Existe una tendencia a sobreestimar el impacto de la infancia en la formación de la personalidad, lo que ha llevado a considerar factores como la relación con los padres o los estilos de crianza como determinantes absolutos del desarrollo psicológico. Aunque es innegable que estas experiencias pueden influir, no constituyen un destino fijado. Uno de los enfoques que ha dominado esta perspectiva es la teoría del apego de Bowlby y Ainsworth, la cual ha sido ampliamente aceptada, pero también ha recibido críticas importantes. En este sentido, el psicólogo Ramón Nogueras (2024) ha sido una referencia clave en la divulgación de una visión más crítica del apego, ofreciendo una perspectiva fundamentada en la evidencia y alejándose de interpretaciones deterministas. Sus análisis y publicaciones, como las disponibles en su imperdible newsletter en Substack (Sesgo de Confirmación), han sido para mí esenciales para poder acceder a literatura que desmitifica la supuesta rigidez del apego en la configuración de la personalidad.
Uno de los estudios más relevantes en este sentido es el de Nelson et al. (2009), que analizó el desarrollo de niños en orfanatos. Según la teoría del apego, los niños institucionalizados deberían haber quedado con un apego severamente dañado. Sin embargo, los resultados mostraron que el 49% de los niños que fueron acogidos en familias mostraron un apego seguro a los 42 meses, frente al 18% de los que permanecieron en instituciones. Además, los niños en acogida redujeron drásticamente los signos del trastorno reactivo del apego inhibido y su comportamiento terminó asemejándose al de niños criados en familias desde el nacimiento. Estos hallazgos sugieren que, aunque la infancia puede marcar ciertos patrones de apego, estos no son inmutables y pueden modificarse en función del entorno y la experiencia.
Por otro lado, la investigación de Paris (2022) pone en duda la estabilidad del apego a lo largo de la vida. Estudios longitudinales han encontrado que la relación entre el estilo de apego infantil y el de la adultez es débil, lo que sugiere que el apego no es un rasgo estable y permanente. Esto concuerda con la idea de que los niños ya nacen con un temperamento propio, lo que relativiza la influencia del apego en su desarrollo. Además, la teoría del apego ha sido formulada desde una concepción anglosajona de la crianza, sin considerar la enorme variabilidad cultural en la forma en que se establecen los vínculos. La transmisión intergeneracional de los estilos de apego es débil, lo que indica que el apego de los padres no determina de manera significativa el de sus hijos. También se ha identificado una influencia genética en los estilos de apego, lo que sugiere que estos dependen más de rasgos innatos de la personalidad que de la conducta específica de los cuidadores. Finalmente, otro hallazgo clave es que el estilo de apego no predice la respuesta a la psicoterapia, lo que pone en duda su relevancia como factor central en el tratamiento de problemas psicológicos.
Judith Rich Harris (1999) ha sido una de las divulgadoras más influyentes en desmontar la idea de que el apego determina la calidad de las relaciones sociales futuras. Según Harris, la evidencia empírica no respalda la afirmación de que la relación madre-hijo moldea de manera definitiva la forma en que los niños interactúan con otras personas a lo largo de su vida. Su revisión de la literatura muestra que la seguridad del apego no reside en el niño como un rasgo fijo, sino que depende de la dinámica particular de cada relación. Un niño puede sentirse seguro con su madre, pero no con su padre, y viceversa. Lo que se observa no es una predisposición universal hacia un tipo de apego, sino la existencia de múltiples modelos de comportamiento que varían en función de la persona con la que se interactúa.
Más allá del apego, los estilos de crianza también han sido objeto de análisis crítico. Maccoby (1992) llevó a cabo un estudio con 400 familias y encontró que las relaciones entre los métodos de crianza y las personalidades de los niños eran mínimas. De manera similar, Maccoby y Martin (1983) revisaron la literatura sobre la influencia parental en el desarrollo infantil y concluyeron que no había correlaciones significativas entre el estilo de crianza y la personalidad de los hijos. Además, los estudios con hermanos adoptivos han demostrado que, a pesar de haber crecido en el mismo entorno, sus personalidades no son más similares que las de dos personas elegidas al azar. Incluso en el caso de gemelos idénticos, que comparten el 100% de su carga genética, se observan diferencias notables en la personalidad, lo que refuerza la idea de que la influencia de la crianza es más limitada de lo que se suele asumir.
TRAUMA
El trauma y su relación con el desarrollo de problemas psicológicos ha sido ampliamente debatido. Existe una tendencia a asumir que haber experimentado adversidades en la infancia predice la aparición de trastornos en la adultez. Sin embargo, la evidencia científica sugiere que esta relación no es tan directa ni determinista como a menudo se presenta. Más que el evento traumático en sí, lo que parece jugar un papel clave es la vulnerabilidad individual, un rasgo que varía de persona a persona y que está estrechamente relacionado con el neuroticismo.
Paris (2022) señala que haber tenido una experiencia adversa en la infancia no garantiza que una persona desarrolle un problema psicológico en la adultez. Sí, aumenta el riesgo, pero de la misma manera que cualquier adversidad en la vida puede hacerlo. La vulnerabilidad ante estos eventos está asociada con el neuroticismo, un rasgo de personalidad que mide la sensibilidad de un individuo a su entorno. Aquellas personas con un nivel alto de neuroticismo tienen una mayor probabilidad de desarrollar problemas psicológicos, independientemente de si han experimentado traumas en su infancia o no. Además, la investigación ha demostrado que la personalidad tiene un componente genético significativo, con aproximadamente el 50% de la variabilidad en los rasgos de personalidad explicada por factores hereditarios. Todo esto sugiere que, desde el nacimiento, hay personas más sensibles que otras a las experiencias vitales, lo que aumenta el riesgo de que eventos adversos tengan un mayor impacto en su bienestar.
El concepto de resiliencia ha ganado cada vez más relevancia en este debate. La mayoría de las personas, a lo largo de su vida, experimentarán algún tipo de evento traumático, pero la gran mayoría logrará recuperarse sin secuelas psicológicas graves. Bonanno (2004) encontró que entre el 85% y el 90% de las personas expuestas a trauma se reponen sin desarrollar trastornos psicológicos persistentes. Esto sugiere que la narrativa de que la infancia es un período excepcionalmente frágil y determinante para la salud mental futura es una simplificación excesiva. De hecho, muchas personas con infancias felices desarrollan problemas psicológicos en la adultez, mientras que muchas personas con infancias adversas logran una adaptación saludable. La clave no está solo en el suceso en sí, sino en la interacción entre la predisposición individual, el entorno y la experiencia vivida.
Otro factor relevante en la interpretación del trauma es el sesgo de memoria retrospectiva. Paris (2022) advierte que las medidas retrospectivas de la crianza están sesgadas, ya que las personas en situación de sufrimiento psicológico tienden a recordar su infancia de manera más negativa. Un metaanálisis de Baldwin et al. (2019) encontró que la correlación entre medidas prospectivas (evaluaciones directas de la crianza durante la infancia) y medidas retrospectivas (recuerdos de la crianza en la adultez) es baja. Esto implica que muchos de los estudios que encuentran una relación entre experiencias adversas en la infancia y problemas psicológicos pueden estar capturando una distorsión cognitiva más que una relación causal real.
Asimismo, la resiliencia infantil ha sido ampliamente documentada en la literatura científica. Rutter (2012) destaca que la mayoría de los niños tienen una capacidad innata para superar los defectos de su crianza y adaptarse a contextos distintos a los que vivieron en su infancia. Esto refuerza la idea de que el desarrollo psicológico no está sellado por eventos tempranos, sino que es un proceso dinámico en el que influyen múltiples factores.
Un error frecuente en la interpretación de la relación entre trauma y personalidad es el sesgo de supervivencia. Este sesgo ocurre cuando nos enfocamos en los casos que han superado un proceso de selección sin considerar a aquellos que no lo hicieron. Un ejemplo clásico de esto proviene del análisis de daños en aviones de combate durante la Segunda Guerra Mundial. Los ingenieros observaron que los aviones que regresaban tenían impactos en ciertas áreas, lo que llevó a algunos a concluir que debían reforzarse esas zonas. Sin embargo, el matemático Abraham Wald señaló que los aviones que no regresaban probablemente habían sido alcanzados en otras áreas críticas, lo que significa que la atención debía dirigirse a esas partes. Aplicado a la psicología, este sesgo nos lleva a centrarnos en los individuos que mantienen comportamientos disfuncionales en la adultez tras haber experimentado traumas en la infancia, pasando por alto a aquellos que, a pesar de haber vivido situaciones similares, lograron desarrollarse sin problemas psicológicos. Este sesgo puede generar la falsa impresión de que el trauma siempre deja secuelas permanentes, cuando en realidad la mayoría de las personas logra superarlo.


REFERENCIAS
Harris, J. R. (1999). El mito de la educación. Ed. Grijalbo.
Maccoby, E. E. (1992). The role of parents in the socialization of children: An historical overview. Developmental Psychology, 28(6), 1006–1017.
Maccoby, E. E., & Martin, J. A. (1983). Socialization in the context of the family: Parent- child interaction. In P. H. Mussen (Series Ed.) & E. M. Hetherington (Vol. Ed.), Handbook of Child Psychology: Vol. IV. Socialization, Personality and Social Development (4th Ed., pp. 1-101). New York: Wiley
Nelson, C. A., Furtado, E. A., Fox, N. A., & Zeanah, C. H. (2009). The deprived human brain. American Scientist, 97(3), 222-229.
Nogueras, R. (13 de septiembre de 2024). Sobre la teoría del apego. Sesgo de Confirmación. Recuperado de https://sesgodeconfirmacion.substack.com/p/sobre-la- teoria-del-apego
Nogueras, R. (31 de mayo de 2024). Nadie va a pensar en los niños. Sesgo de Confirmación. Recuperado de https://sesgodeconfirmacion.substack.com/p/nadie-va- a-pensar-en-los-ninos
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