Ser un motivado cuidadoso. Vergüenza, arte y el miedo a ser 'demasiado'
3/14/20267 min leer


A día de hoy estoy completamente volcado en la psicología (consultas y grupos) y el arte (performance y teatro). Juntas y por separado. Con otros mamíferos y en solitario.
Pues bien, hoy quisiera reflexionar sobre la vergüenza, sobre cómo afecta la mirada y percepción de juicio de los demás, y cómo todo ello nos puede impedir hacer lo que queremos hacer.
Os iré compartiendo algunos textos e imágenes durante un retiro creativo que realicé hace poco.
Para empezar, diferenciemos la vergüenza de otra emoción social: la culpa.
La culpa suele decir: “he hecho algo mal”.
La vergüenza va más hondo. Dice: “hay algo en mí que está mal”.
Por eso nos defendemos tanto cuando sentimos vergüenza. No estamos protegiendo solo una acción. Estamos protegiendo una identidad.
Podrías pensar que ambas emociones siempre van juntas. Por ejemplo que siempre nos avergonzamos de lo que hemos hecho, o que sentimos culpabilidad por ser de una forma.
Pero no tiene por qué. Depende cómo entendamos la relación entre hacer y ser.
Puedo hacer algo mal y sentirme culpable, sí, pero si no me identifico con lo que hago, no sentiré vergüenza.
Por ejemplo, puedo entender que el no haber cedido mi asiento a una señora en el autobús es algo que está realmente mal hecho (según la moral de mi sociedad). Y entonces me siento culpable por ello, pero podría no afectar mi autoconcepto porque pienso que yo no soy así (alguien incívico). En mi caso es cierto que si en ese momento me llamaran la atención por no haber cedido mi asiendo podría sentirme profundamente avergonzado. Seguro que sí... Interpretaría estar siendo juzgada mi identidad como la de alguien incívico, no la de alguien que se porta excepcional y puntualmente de una forma incívica. Y es que tendemos a juzgar generalizando, atribuyendo cualidades intrínsecas (y no circunstanciales) a los demás. Es decir, en ese caso muy probablemente estarían pensando que yo SOY una persona de esas. Dios mío... Si pasara algo así tendría que hacer algo. Por ejemplo:
-Señora. No es lo que parece, créame. Es que estoy muy cansado. De verdad. Es que no la había visto. Estaba revisando en el móvil una nueva actualización de los derechos humanos. Es que tengo una enfermedad terminal que me hace ser gilipollas. Es que estoy embarazado.
El ser humano es tan creativo buscando excusas para no responsabilizarse de lo suyo y, sobre todo, para no sostener sus emociones.
Que conste que la culpa y la vergüenza pueden ser emociones totalmente necesarias para ajustar nuestro comportamiento cuando realmente es inapropiado. El problema es cuando estas emociones se activan, como diría la abuela de una compi, cuando no has hecho nada malo.
PAUSA POÉTICA. En el retiro escribí esto mientras avanzábamos juntos como una especie de tren animal:


Gusano de seda, que hila hermandad. Bandada de cuerpos que avanzan sin parar.
En medio de la inmensidad donde nada y todo está siempre en medio, atravesados por una belleza infinita, y unas ganas locas de jugar.
Vamos a la aventura de descubrir en el presente las infinitas novedades que siempre estuvieron ahí.
¿Te estoy molestando?
¿Te has preguntado todo lo que llegamos a hacer para evadir sentir emociones como la culpa, la vergüenza, el miedo, la tristeza...?
Aunque no siempre, hoy en día tiendo a reconocer bastante más las muchas cosas que me dan vergüenza o me hacen sentirme vulnerable. Vivir constantemente en el orgullo era inhumano. También me tranquiliza un poco que cada persona tenga sus vulnerabilidades, las oculte más o menos, las reconozca más o menos.
Quizás te parezca una "tontería" que en mi caso le dé tanta importancia a lo que a mí sí me afecta (como es la mirada del otro), pero al final esta es mi realidad actual y aunque no me resigno a no dejar de mejorar, también la abrazo como un humano que hace lo que puede y lo que quiere.
Pues eso, para mí es muy importante que me juzguen positivamente y, sobre todo, que no lo hagan negativamente. Mi psicóloga, Laura Álamo, me retó a que pudiera sostener que alguien se llevara un juicio equivocado de mí, o que pudiera pensar que era mala persona, y que no hiciera nada para aclararlo. Sostener tanto la vergüenza como la culpa es algo que podía ser liberador. Estoy en ello. Por ejemplo, ayer en la sesión semanal de Casa Raíz, me sentí al 30% de mi energía. No quise justificarme. Acepté que ese era mi estado y lo hice lo mejor posible. O en algunas comunicaciones con personas que me importan, ante ciertos malentendidos o juicios negativos, siento que no me esfuerzo tanto en justificar nada. Justificar. Vaya palabra. Me cuesta que me juzguen de forma que yo considere que no es justo. Ni que yo fuera el rey Salomón.
A la vez que tengo esta vulnerabilidad, reconozco que para aquello donde me siento muy seguro, sostengo mi orgullo. Por ejemplo, sabéis que me gusta entrar en temas que son verdaderos jardines (por ejemplo: la relación entre locura y espiritualidad, entre ciencia e intuición, sobre prácticas peligrosas de muchos terapeutas, sobre cómo se entiende y practica la astrología...). Temas peligrosos, polémicos, que despiertan antipatías. En estos casos conecto bastante con mi propósito. Me siento férreamente anclado a mí, arraigado e integrado en el micelio de mi ser más profundo.
También reconozco que cuando siento que estoy en el lado de la razón, o de cierta justicia, conecto con mi agresividad. Y no me parece mal. La agresividad, bien entendida, puede ser una emoción protectora ante ataques, cinismos, deshonestidades o formas bastante lamentables de hacer daño.
-Joder Aleix, qué agresivo eres. ¿No te da vergüenza?
-Proud de mi agresividad.
-Pero a mí me genera rechazo, la verdad. ¿No decías que te afecta mucho el rechazo de la gente?
Esta semana, mi profe de Keep Moving (el retiro ha sido sobre esto, sobre creación a través del movimiento), Elena Baliarda, me decía que una performance artística tiene mucho de acción política, y me lo decía (entre otras cosas) como recomendación antes de hacer una breve performance en la calle (en la que bailábamos mientras avanzábamos por la acera). Ahí entendí de qué manera eso me podía proteger emocionalmente de mi aversión a molestar. Es decir, si lo que hago es solo ‘Aleix molestando en la acera’, me muero de vergüenza. Si lo entiendo como una acción performativa, como una pequeña intervención en el espacio público, mi cuerpo encuentra un marco. No desaparece la vergüenza, pero se vuelve habitable.
Y bueno, hablamos de más cosas: de que tampoco es tan importante lo que hacemos. O que a los 5 minutos la mayoría de personas se olvidarían de lo que estábamos haciendo.
Interesante, ¿verdad?
De todos modos, al final, cualquier truco para protegerme es un parche e intento no dejar de hacer nada aunque sienta vergüenza.. Todavía hay cosas que no me atrevo, incluso me convenzo de que no es importante o no es mi forma de ser.
PAUSA. Después vino el bosque. Y el bosque, como siempre, no explicó nada. Solo respondió con materia:


Vida, vida, vida, vida, vida.
Muerte, muerte, muerte, muerte, muerte.
Hormigas, pájaros cuya especie desconozvo, hojarasca, ciclos, renaceres, remorires.
Huele al crujido de esa rama. Saboreas tu sangre en cada gesto y en cada rama rota y piedra puntiaguda. Es un presente que te abre a la vida en toda su muerte, es una belleza fractal en nuestros sentidos que afea la cuadrícula de la civilización. Algo así embellece lo que siempre ha estado ahí.
Un grupo, a ratos una marabunta, a ratos pájaros, opinando sobre si los frutos han subido de precio, si están sobre las nubes. Por suerte volamos.


El arte de no pedir perdón por existir
El otro día reflexionaba que mi vergüenza tiene mucho que ver con que soy un motivado de la vida. Individualmente hago muchas cosas "locas" y "grandiosas". Pero cuando es con otra persona me entran miedos. Miedo a molestar, abrumar, estresar, agobiar, fagocitar.
Por ejemplo, cuando estoy en un proceso de creación con otra persona o grupo, tengo miedo a sobrepasarme. Miedo a ser un "excited", que era un concepto despectivo en mi adolescencia para hablar de las personas que eran unas motivadas. Asumo que soy un excited e intento quitarle lo negativo. A la vez, tampoco rechazo mi miedo a molestar pues realmente tengo experiencia molestando por mis arrebatos creativos, obsesiones de todo tipo. Puedo ser muy intenso, atrevido, narcisista. Abrirme a ser yo sin límites es plenitud para mí, sí, pero tengo miedo real a despegar y salir disparado para siempre hacia el espacio profundo. Tengo miedo de abrir los ojos al día siguiente y que en todas las noticias sea el terrorista más buscado.
Ya me parece bien aceptar y abrirme a cierto malestar, para que aprenda a tolerar la incertidumbre, la incomodidad y la sensibilidad que requiere interactuar íntimamente con alguien.
Así pues, estoy de acuerdo con tener buenos frenos para mi cohete espacial jajajaja Es eso o lo que ya conozco demasiado bien: la soledad, o esperar la iniciativa de otros, o solamente expresarme en entornos donde yo lidero o donde hay una libertad excepcional.
Quizás por eso me interesa tanto estar descubriendo la lentitud. Porque si voy más despacio, puedo seguir avanzando sin tener que conquistar nada, sin tener que demostrarlo todo, sin salir disparado.


Érase una vez un joven viajero que emprendió la gran cruzada y antes de acabar el primer paso murió de viejo.
Vivió una vida plena.
Érase una vez un viajero intergaláctico que inició con su civilización un viaje de miles de millones de años-luz para llegar al otro extremo del universo.
Su vida midió medio centímetro de viaje.
Fue el ser humano más feliz de toda la historia de la vida inteligente en el unvierso.
La vida se saborea en lo que parece lentitud. La lentitud hace que no haya objetivos a alcanzar, sin trayectorias que ajustar.
La vida no es conquista, la vida es peregrinaje.


hola@sercontigo.com
© 2026. Todos los derechos reservados.
LEGAL
CONTACTO
YOUTUBE
