Terapeutas que traumatizan, pacientes que confían

Memoria, sugestión y cómo no liarla parda en trauma

3/3/202622 min leer

Abro doble melón con caja de Pandora triple incluido. Profundizaremos en un aspecto muy polémico dentro del TEPT (Trastorno por Estrés Post-Traumático): los terapeutas que –sin mala fe– sugestionan y crean recuerdos falsos de traumas que jamás ocurrieron pero que luego los clientes viven como reales.

Recuerda: TEPT es Trastorno por Estrés Post-Traumático. Voy a usar mucho estas siglas.

Introducción

Algo muy humano, lamentablemente, es vivir algún trauma, entendido como una experiencia donde alguien se expone a la muerte, a una lesión grave o a violencia sexual, ya sea real o amenaza. Esta es la perspectiva actual en psicología (según el DSM). Esto puede darse de forma directa (vivirlo en la propia carne) o indirectamente (siendo testigo, por sufrirlo alguien cercano como un familiar) o como profesional, como el psicólogo que profundiza en ello).

Una cosa es el trauma y otra cosa es el TEPT (el trastorno por estrés post-traumático). En el segundo caso, después del trauma, éste no se integra y es cuando la persona tiene una serie de síntomas que sería largo ahora de detallar y no es donde quiero entrar.

En el peor de los casos, los traumas más severos son cuando hemos visto amenazada nuestra vida o cuando ha habido una agresión sexual (sobre todo si ha sido por parte de alguien cercano). Y aún así, la severidad del trauma solamente representa una parte pequeña de lo que explica que luego evolucione a TEPT.

Antes de seguir:

¿Qué porcentaje de personas que sufren agresiones sexuales crees que desarrollan TEPT?

  • 5%

  • 9%

  • 19%

  • 47%

  • 83%

Luego digo la respuesta.

No mires abajo si no has respondido.

Eps, que te veo.

¡Ei!

Por suerte, la capacidad del ser humano para integrar experiencias traumáticas es mucho mayor de lo que suele creerse. En general, aunque la gran mayoría (70,4%) de las personas vivimos algún trauma durante nuestra vida, solo 3,9% de las personas desarrollan TEPT a lo largo de su vida (Kessler et al., 2017). En los traumas más duros como la violación, hasta el 19% de quienes la sufren desarrolla TEPT; y si el perpetrador es alguien de confianza este porcentaje sube hasta el 25% (Bromet, 2018); en otras agresiones sexuales, lo hace alrededor del 10–11%. Me parece muy impactante –y esperanzador– ver que la gran mayoría de personas acaban superando (integrando) una experiencia traumática.

Cada caso de trauma y de TEPT merece todo nuestra empatía y apoyo. El sufrimiento humano, en todas sus formas, merece nuestro reconocimiento, atención y compasión.

Así pues, estos datos son para dar esperanza aquellas personas que sienten ese trauma no integrado.

Se puede.

Mi recomendación es recurrir a una de las terapias con mayor apoyo teórico y empírico: la terapia de Exposición Prolongada (EP), Terapia de Procesamiento Cognitivo (CPT) y CBT focalizada en trauma, sobre todo. El EMDR se recomienda también pero dispone de menor apoyo teórico.

Cuidado con los recuerdos traumáticos reprimidos

Lo que viene a continuación es un tema extremadamente delicado.

Voy a ser bastante hostil, pero a los terapeutas. En ningún caso a las personas con TEPT. Espero que quede claro.

Y aunque voy a ser crítico, los terapeutas somos personas y podemos ser víctimas de nuestra propia ignorancia, las ansias de poder, la riqueza y la fuerza de las modas culturales. No obstante, diría que la mayoría de veces que hay praxis peligrosas no son malintencionadas.

Al lío.

Durante los años 80 y 90, coincidiendo con el éxito de ventas “El coraje de sanar”, hubo una oleada de personas que decían recuperar recuerdos reprimidos de abuso en la infancia. Comparto captura del libro en Amazon:

Esto es un tema serio, aviso.

Ya hemos dicho que los abusos sexuales en la infancia representan una de las experiencias traumáticas que más cuesta integrar. Es todo un reto poder integrar algo así.

No sé decirlo más suave. Libros como “El coraje de sanar”, de Ellen Bass y Laura Davis –ambas sin ninguna formación en psicoterapia– influyeron a gran cantidad de terapeutas y pusieron profundamente de moda la idea de los recuerdos reprimidos, lo cual ya era una idea que la literatura psicoanalítica –la verdaderamente responsable de todo este quilombo– había desarrollado con muy poco rigor científico, como suele ser habitual. La ciencia no es profunda, dicen. La newsletter de hoy es un claro ejemplo para ilustrar que el rigor en psicología es una cuestión ética pues evita joder a las personas.

La idea de represión, hoy

A día de hoy, la mayoría de expertos –80%– (Patihis et al., 2014) no apoya la idea de “represión” en el sentido literal freudiano aunque sí la posibilidad (minoritaria) de casos de olvido de trauma y luego recordar, pero no por procesos psicológicos como los que Bass y Davis mencionan en su peligroso libro. Así pues, aunque solamente una minoría investigadores serios apoyan esta idea –19%–, la gran mayoría –entre un 60 y 80%– de los terapeutas (Otgaar et al., 2019) sí que creen en la existencia de los recuerdos reprimidos, lo cual muestra el poco interés en investigaciones rigurosas por parte de la mayoría de profesionales de la psicología. Por no mencionar terapeutas que no son psicólogos, los cuales raramente consultan dicha bibliografía más académica. Para meditar.

Y es que en el trauma, lo que es mucho más habitual (pues sería lo propio del trauma) es que el recuerdo sea muuuuuuy difícil de olvidar, aunque suelen ser recuerdos confusos y desordenados, por ejemplo a través de flashbacks o pesadillas. Insisto, eso es lo propio del trauma. A veces, en casos de trauma infantil, puede haber olvido pero porque es propio de la infancia que la memoria autobiográfica no esté desarrollada. Solamente tenemos que preguntar sobre la infancia de cualquier persona o la nuestra: es absolutamente normal no recordar casi nada (por lo que no opera ningún mecanismo especial de represión del recuerdo). Otra explicación es que muchos niños y niñas viven el suceso traumático sin el componente cognitivo que interpreta lo sucedido como traumático y es a la luz de lo reinterpretado en la adultez que se inicia el TEPT. Y una última explicación, compatible con la anteriores, es que la persona que ha sufrido trauma puede estar lejos de cualquier estímulo que le active una respuesta automática asociada al trauma. Así pues, simplemente nada, absolutamente nada, le recuerda lo sucedido, hasta que algo ocurre (Dodier et al., 2023).

Habría más razones a añadir pero nos hacemos una idea.

El hábito ético aquí es procurar pensar con apertura, pensar en otras explicaciones, evitar recurrir a teorías desarrolladas sin rigor; evitar concluir precipitadamente.

De hecho, aunque prácticamente todos los expertos rechazan la noción de recuerdo reprimido, a día de hoy se habla de amnesia traumática y que refiere a olvidos parciales o selectivos asociados al estrés agudo extremo. Este fenómeno es reconocido clínicamente, aunque su interpretación y límites permanecen controvertidos. Estudios críticos recientes (Mangiulli et al., 2022) indican que casos clínicos que alegan amnesia disociativa frecuentemente tienen explicaciones alternativas (simulación, daño cerebral, consumo de sustancias) y raramente cumplen estrictamente criterios del DSM.

En cualquier caso, sí se reconoce que puedan haber memorias traumáticas olvidadas (Williams, 1994) pero con tres advertencias importantes: 1) Lo dicho antes, no es lo más habitual en el TEPT, 2) Ello puede ocurrir por razones muy diferentes a un supuesto mecanismo del inconsciente (ya comentadas algunas), 3) En ciertas condiciones, la memoria humana puede crear recuerdos falsos.

Vamos a centrarnos en esta última posibilidad.

Memory Wars

Esto es justo lo que pasó masivamente en los años 80 y 90, y es lo que se conoce –recuerda bien esto– como la Memory Wars (Watters, 2022, septiembre 27). Una etapa en la que hubo una oleada de denuncias por abuso sexual de familiares durante la infancia después de recordarlo en el contexto terapéutico.

Esto destruyó vidas. Y si realmente estas personas hubieran cometido tales atrocidades me parecería estupendo. No hay cosa que me genere más rechazo visceral que el abuso sexual en la infancia. Yo mismo sufrí abusos sexuales por parte de un profesor. Nada grave en comparación con muchos otros casos pero joder, para mí fue muy impactante (y vergonzante) y tenía 8 años y se dio, para más inri, en el contexto de la separación de mis padres. Para mí es una de las épocas más traumáticas de mi vida. Lo tengo ya integrado y todo bien. Pero fui muy infeliz. Y cuando pienso ahora en mi hija y en la posibilidad que le pase algo, se me activa algo difícil de describir.

Volviendo a la Memory Wars, en esa situación hubo mucha destrucción:

  • Por un lado, las víctimas, las personas que “recordaron” el trauma, el cual lo experimentaron como real (desarrollando TEPT muchos de ellos).

  • Por otro lado, los familiaresculpables del delito” –e iba a decir “presuntos”– que fueron denunciados y hubieron rupturas en todos los sentidos (relaciones familiares, sociales y profesionales totalmente destruidas).

La cuestión es que los recuerdos falsos eran prácticamente iguales que los reales. Después nos meteremos más a fondo en esto. Así pues, no había razones para dudar de la veracidad de esos recuerdos.

El sufrimiento era real. Nadie sufre así por un recuerdo inventado.

Nadie osó ponerlo en duda.

¿Qué persona sin alma osaría algo así?

¿Qué ser del inframundo falto de total empatía y humanidad pondría en duda el sufrimiento desagarrador de tantas personas?

En realidad, nadie dudó del sufrimiento. Las dudas llegarían acerca de la veracidad de los “hechos” recordados.

Tiempo después de las denuncias a los familiares, hubo otra oleada de denuncias, pero esta vez a los propios terapeutas. Sí, por crear falsos recuerdos (con todas las consecuencias que eso supuso).

Es por ello que los terapeutas son aquí los protagonistas de esta newsletter.

Mucho cuidado... Aunque haya buena intención.

Conocer cómo funciona la memoria aquí es la clave.

La memoria no es un archivo que abres y ves lo que hay dentro. La memoria es algo que constantemente se está actualizando y es muy vulnerable a modificaciones.

Estudios sobre la formación de recuerdos falsos

Abundan investigaciones demostrando lo maleable que puede ser la memoria humana. Los recuerdos falsos son memorias de eventos que en realidad nunca sucedieron (o son distorsiones significativas de lo ocurrido), pero que la persona recuerda con convicción. Comprender cómo se forman estos falsos recuerdos y cómo diferenciarlos de recuerdos verídicos es crucial en el contexto del trauma.

En el ámbito forense, cuando un testigo tiene que recordar lo sucedido para dar soporte a los hechos potencialmente delictivos, el testimonio se convierte en algo que ha supuesto muchísima investigación. Pues hay mucho en juego. Un ejemplo dramático fue documentado en un caso donde un niño inicialmente negaba haber sido abusado, pero tras repetidas sugerencias de familiares, psicólogos y policías, acabó afirmando que su padre lo había violado – un recuerdo fabricado por la influencia externa. El padre fue condenado injustamente antes de que se revelara la verdad (Otgaar et al., 2025). Este caso evidencia cómo las entrevistas sugestivas (especialmente con niños) pueden generar convincentes pero falsos testimonios. Por ello, hoy existen protocolos cuidadosos de entrevista forense para evitar preguntas directivas o repetitivas que puedan sembrar ideas en personas vulnerables.

Es aquí donde entran investigaciones experimentales clásicas. La célebre psicóloga Elizabeth Loftus (Loftus & Pickrell, 1995) demostró en la década de 1990 que es posible implantar recuerdos falsos autobiográficos en personas mediante sugestión. En un experimento famoso, se pidió a participantes que recordaran varias anécdotas infantiles supuestamente proporcionadas por sus padres; una de ellas era falsa (haberse perdido en un centro comercial de niño). Alrededor de 1/4 parte de los participantes llegó a “recordar” parcial o totalmente el evento ficticio, añadiendo detalles propios. Este y muchos experimentos subsecuentes (p.ej., falsos recuerdos de haber sido atacado por un animal, de casi ahogarse, de conocer a Bugs Bunny en Disneyland, etc.) mostraron consistentemente que entre un 25% y 30% de las personas pueden llegar a formar recuerdos autobiográficos falsos si se les induce con técnicas sugestivas adecuadas.

Más allá de eventos autobiográficos, se han estudiado falsos recuerdos mediante tareas controladas. Un ejemplo es el paradigma DRM en el cual se presenta a sujetos listas de palabras asociadas (p.ej., sueño, cama, noche, almohada...) y luego muchos recuerdan falsamente haber visto la palabra no presentada que sería tema central (p.ej., “dormir”) (Gallo, 2010). Este paradigma revela lo fácil que la mente asume o rellena información faltante.

A nivel neurocognitivo, tanto los recuerdos verdaderos como los falsos activan áreas cerebrales comunes (p.e. el hipocampo) y pueden sentirse muy reales para la persona, lo cual dificulta diferenciarlos subjetivamente. Sin embargo, algunas diferencias se han observado en condiciones controladas: por ejemplo, estudios con electrodos profundos encontraron que justo antes de recordar algo, la actividad eléctrica hipocampal difiere si el recuerdo será correcto o falso (Herz et al., 2023). También se han reportado variaciones sutiles en patrones de oscilaciones cerebrales (theta, alfa, beta) previas a un recuerdo falso vs. verdadero. Estos hallazgos sugieren que, al menos en tareas simples, el cerebro puede mostrar huellas diferentes entre memoria real y falsa. No obstante, en la práctica clínica individual no existe aún un marcador neurológico infalible para distinguir un recuerdo genuino de uno construido. Es decir, las diferencias descubiertas son grupales y experimentales, no aplicables a casos concretos.

El papel de la sugestionabilidad

La sugestionabilidad –la tendencia a aceptar e incorporar información de otros en la propia memoria– juega un papel central en la formación de falsos recuerdos y en la recuperación de recuerdos reprimidos. Ciertas técnicas terapéuticas y contextos aumentan la sugestionabilidad, lo cual puede tener consecuencias profundas sobre las memorias que reporta el paciente.

La hipnosis ha sido históricamente utilizada para “desbloquear” recuerdos supuestamente reprimidos. Sin embargo, múltiples hallazgos indican que bajo hipnosis las personas pueden generar construcciones imaginarias convencidas de que son recuerdos reales. De hecho, las asociaciones profesionales de salud mental advierten que la llamada “terapia de memoria recuperada” con hipnosis u otras técnicas es controvertida y desacreditada científicamente (y no se recomienda su uso). Estudios experimentales mostraron que no es la hipnosis en sí, sino la hipnotizabilidad (lo sugestionable que es una persona) lo que más predice la formación de falsos recuerdos. Por ejemplo, en un experimento se expuso a sujetos a un vídeo, luego se les sugirieron datos ciertos y falsos, ya fuera en estado hipnótico o despierto. El resultado fue que los individuos altamente hipnotizables incorporaron más las sugerencias falsas que los de baja hipnotizabilidad, independientemente de que estuvieran o no hipnotizados (Barnier & McConkey, 1992). Es decir, las personas muy sugestivas son propensas a generar falsos recuerdos con o sin trance. Un problema añadido es que la hipnosis incrementa la confianza subjetiva en la memoria, de modo que alguien hipnotizado puede narrar un recuerdo con gran convicción y detalles, aunque sea inventado. Esto dificulta discernir la verdad, pues el paciente hipnotizado puede insistir en la precisión de memorias inexactas. Algo parecido podría inferirse con terapias experimentales donde de usan ciertas drogas como la psilocibina, el MDMA u otras. A pesar de la creciente evidencia de su utilidad, la sugestionabilidad extrema bajo los efectos de estas sustancias podría también crear recuerdos falsos.

Y es que aun sin hipnosis, ciertas prácticas terapéuticas pueden fomentar falsos recuerdos. La insistencia del terapeuta en buscar un trauma oculto, preguntas dirigidas o repetidas sobre abuso, el uso de imaginación guiada (“visualiza si algo te pasó de niño”), interpretación de sueños como indicios de abuso real, etc., son altamente sugestivos. Una revisión sistemática de estudios (Muschalla & Schönborn, 2021) encontró que mediante imaginación guiada, sugestiones verbales o interpretación de sueños, entre un 20% y 50% de las personas pueden llegar a formar falsas memorias o creencias falsas de eventos pasados que nunca ocurrieron. Es más, cuando se usaron técnicas fuertes como decirle al participante que sus sueños revelaban abuso oculto, o procedimientos hipnóticos, más del 50% llegó a desarrollar una creencia o recuerdo falso de tal evento. Esto ilustra el enorme poder que tiene la sugestión en contextos de confianza (como la terapia) para implantar recuerdos. Desafortunadamente, en los años 80-90 algunos terapeutas emplearon enfoques directivos bajo la premisa de “si tienes estos síntomas, probablemente fuiste abusado pero lo bloqueaste”, animando a los pacientes a “recordar” a toda costa. En muchos casos, esto derivó en memorias cada vez más elaboradas de abusos rituales, múltiples personalidades, etc., que luego no hallaron corroboración y se consideraron productos iatrogénicos (perjudiciales) de la terapia sugestiva.

La pregunta del millón: ¿Cómo diferenciar una memoria traumática reprimida de una memoria falsa?

Pues en rigor no se puede la mayoría de las veces... Es decir, no existe una “prueba de autenticidad” simple para los recuerdos. Sin embargo, la investigación y la práctica clínica sugieren considerar varios criterios y condiciones para evaluar la verosimilitud de un recuerdo recuperado:

  • Contexto y forma de recuperación: Este es quizás el factor más importante. Se debe indagar cómo emergió el recuerdo: ¿Fue espontáneo –por ejemplo, apareció súbitamente al visitar un lugar, o durante una pesadilla, sin que nadie lo sugiriera–? ¿O surgió bajo influencia externa, tras repetidas preguntas en terapia, hipnosis, o técnicas de búsqueda activa de memoria? Los recuerdos que aparecen espontáneamente ante un estímulo desencadenante natural (un olor, una situación similar a la original) suelen considerarse más creíbles, especialmente si la persona no tenía motivos para imaginar ese suceso. En cambio, los recuerdos que emergen después de sesiones altamente sugestivas o presión (“tiene que haber pasado algo, piensa más profundo”) son más sospechosos de ser construidos. En la práctica pericial, se recomienda analizar minuciosamente el contexto de recuperación: si hubo conversaciones previas, cuánto tiempo pasó, si hubo preguntas dirigidas, etc., para ubicar el testimonio en un continuo de validez desde “muy influenciado” hasta “mínimamente influenciado”.

  • Corroboración externa: Un criterio fundamental es buscar evidencia independiente del recuerdo. ¿Existen registros, testimonios de terceros, huellas físicas o cualquier dato externo que confirme (o contradiga) aspectos del recuerdo? Las memorias traumáticas verdaderas a veces pueden corroborarse con documentación (p.ej., informes médicos antiguos, diarios, fotos, confesiones de perpetradores u otros testigos). Por ejemplo, si alguien recupera memoria de haber sido hospitalizado por una lesión en cierta fecha, y se halla efectivamente un registro hospitalario de esa época, la credibilidad aumenta. En cambio, los recuerdos falsos generalmente carecen de corroboración objetiva – de hecho, con frecuencia incluyen detalles que resultan imposibles o refutados al investigar (lugares que no existían entonces, personas que no pudieron estar presentes, anacronismos, etc.). La ausencia de prueba no implica automáticamente falsedad, pero cualquier prueba positiva de veracidad es un fuerte indicador a favor de que el recuerdo corresponde a un hecho real. Desgraciadamente, en muchos casos de abusos infantiles pasados, no hay posibles corroboraciones disponibles décadas después, por lo que este criterio no siempre se puede aplicar.

  • Contenido y nivel de detalle: Se examina la naturaleza del recuerdo en sí. Las memorias traumáticas genuinas a largo plazo a menudo son fragmentarias, consistiendo en imágenes puntuales, sensaciones físicas y emociones intensas más que un relato coherente. Pueden carecer de un orden narrativo, porque el trauma suele codificarse de forma disociada (por ejemplo, recordar vívidamente la imagen de una habitación oscura y el sonido de una voz, pero no la secuencia completa de eventos). Las memorias falsas tienden a formarse a posteriori y a veces resultan narrativamente más estructuradas o excesivamente detalladas en ciertos aspectos poco probables (porque son influenciadas por ideas culturales o del terapeuta). No obstante, este no es un indicador infalible: algunas personas reconstruyen activamente incluso memorias reales para darles sentido, volviéndolas más narrativas con el tiempo; y otras pueden relatar un falso recuerdo con todo detalle aprendido de fuentes externas. En general, detalles idiosincráticos auténticos (p.ej., “recuerdo que la cortina tenía un patrón de girasoles específico de esa época”) que luego se verifican en la realidad sumarían credibilidad, mientras que detalles muy genéricos o novelescos (p.ej., rituales satánicos extremadamente elaborados con elementos estereotipados) levantan sospechas de falsedad. Sin embargo, debe evitarse prejuzgar solo por lo extraño que suene el recuerdo, pues lo real a veces supera a la ficción.

  • Reacciones emocionales y fisiológicas: ¿Qué tan intensa y congruente es la respuesta emocional/corporal acompañando al recuerdo? Muchas víctimas que recuperan un recuerdo traumático genuino experimentan un impacto emocional profundo: angustia, náuseas, temblores, pánico, sensaciones físicas relacionadas con el trauma (p.ej., dolor en el lugar de una herida antigua). Estas reacciones somáticas pueden indicar que el cuerpo almacenó parte del recuerdo (trauma no procesado). Los falsos recuerdos también pueden generar emociones reales (pues la persona cree en ellos), pero a veces la cualidad emocional es diferente: puede haber más sorpresa que reconocimiento, o la emoción puede no encajar con la descripción (p.ej., el paciente llora pero dice sentirse “raro” más que traumatizado). Algunos estudios de casos de amnesia disociativa han registrado cambios psicofisiológicos marcados (ritmo cardíaco, hormonas del estrés) al recordar, lo cual sugiere autenticidad; sin embargo, no hay garantía, ya que una imagen vívida aunque ficticia también puede disparar reacciones genuinas si la persona la interpreta como real. En clínica, se valora si el patrón de síntomas antes y después de recordar es consistente con lo esperado de un trauma: por ejemplo, alguien con memoria recuperada genuina tal vez tenía síntomas de TEPT “inexplicables” antes (flashbacks sin contenido definido, fobias específicas) que ahora cobran sentido; mientras que en un falso recuerdo, los síntomas podrían haber aparecido principalmente después de adoptarlo.

  • Historia previa y motivos: Se puede considerar el perfil de la persona. ¿Tiene antecedentes de fantasía excesiva o sugestionabilidad? ¿Estaba inmersa en literatura o grupos que le inculcaron cierta narrativa (p.ej., grupos de apoyo donde otros contaban abusos similares)? También se explora si hay ganancias secundarias posibles (aunque delicado de mencionar, en falsos recuerdos muy raramente puede haber factores de influencia como búsqueda de explicaciones a problemas personales, atención, litigios, etc.). Las víctimas reales a menudo dudan en aceptar el recuerdo al principio, incluso lo quieren negar por lo perturbador que es; en contraste, alguien con un recuerdo inducido puede mostrarse cada vez más convencido a medida que lo narra repetidamente, incluso si inicialmente no estaba seguro. La evolución de la convicción y la consistencia de los relatos en el tiempo es relevante: las memorias verdaderas recuperadas pueden fluctuar en claridad pero tienden a mantener los elementos básicos sin grandes cambios (salvo por detalles adicionales que surjan), mientras que las falsas a veces ganan complejidad con cada recuento, incorporando nuevas capas sugeridas por la retroalimentación del terapeuta o familiares.

  • Evaluación neuropsicológica y disociativa: Algunos trabajos han intentado usar test neuropsicológicos o de personalidad para diferenciar casos. Por ejemplo, personas que reportan recuerdos recuperados tienden a puntuar alto en medidas de disociación o tendencia hipnótica – lo cual podría implicar que realmente disociaron durante el trauma, aunque los escépticos argumentan que también esas personas son más propensas a fantasías. No existe un perfil inequívoco: un nivel alto de disociación puede ser tanto causa como consecuencia de trauma real, o factor de riesgo de falsos recuerdos. De igual modo, aunque se han buscado biomarcadores cerebrales de la amnesia disociativa (imágenes funcionales mostrando supresión de la actividad en hipocampo o lobo frontal durante el recuerdo, etc.), los hallazgos han sido inconsistentes y debatidos.Por ahora, dichas medidas no permiten una distinción individual clara.

Dilema: ¿validar o no la autenticidad?

La postura que tome un terapeuta (o un sistema de apoyo) respecto a la autenticidad de un recuerdo recuperado puede tener consecuencias profundas en el proceso terapéutico y en el bienestar del paciente. Tanto asumir automáticamente que el recuerdo es real como asumir que es falso conllevan riesgos y efectos distintos:

  1. Si se asume que el recuerdo recuperado es real: En un contexto terapéutico, validar la experiencia del paciente es importante, pero dar plena realidad factual a un recuerdo no corroborado puede llevar a implantar aún más la creencia en ese recuerdo. Si el recuerdo resultase ser falso, el terapeuta habrá reforzado una narrativa ficticia, posiblemente consolidando en el paciente una identidad de “sobreviviente de X trauma” que no corresponde con su historia real. Esto puede causar daño psicológico genuino: se han documentado casos donde individuos desarrollaron síntomas de TEPT, depresión o ansiedad a partir de creer que fueron abusados (cuando en realidad no ocurrió) (Muschalla & Schönborn, 2021). El sufrimiento por un falso recuerdo puede ser tan intenso como por un trauma real, porque la mente y el cuerpo reaccionan a lo que se cree. Además, tal como hemos visto ya, en lo interpersonal, asumirlo como real puede llevar a acusaciones graves hacia supuestos perpetradores inocentes (con las devastadoras consecuencias familiares y legales que eso implica). Clínicamente, si el recuerdo es falso pero se le da realidad, el tratamiento entero puede desviarse hacia un foco equivocado, intentando “procesar” un trauma que en sentido literal no pasó, en lugar de abordar las verdaderas causas de los síntomas (que quizás eran otras, como depresión, dinámicas familiares, etc.). También existe el peligro de que el paciente, al aferrarse a ese recuerdo validado, resista evidencia contraria y termine en un estado de confusión mayor si más adelante duda de su veracidad – puede sentir que “perdió su familia por algo que ni siquiera sabe si ocurrió”. En resumen, dar por cierto un recuerdo recuperado sin cautela puede traumatizar doblemente (por el falso trauma en sí y por sus ramificaciones) y minar la confianza cuando la verdad es incierta.

  2. Si se asume que el recuerdo recuperado es falso: El extremo opuesto es que el terapeuta descarte o minimice el recuerdo del paciente creyendo que probablemente es producto de confabulación o sugestión. Si el recuerdo resulta ser verdadero, esta respuesta sería profundamente invalidante y potencialmente re-traumatizante para el sobreviviente. Muchas víctimas de abuso ya lidian con la negación o el descrédito de otros; que su propio terapeuta no les crea podría agravar sentimientos de culpa, vergüenza y soledad. Incluso si el terapeuta no lo dice abiertamente pero muestra escepticismo marcado, el paciente puede percibirlo como una forma de no ser creído, replicando la dinámica de silencio que a menudo rodea al abuso. Esto puede llevar a que el paciente abandone la terapia, o que internalice la idea de que “quizá estoy loco/inventando todo”, obstaculizando su proceso de recuperación. En términos de tratamiento, ignorar un recuerdo potencialmente real impide trabajarlo: si realmente sufrió ese trauma, no abordarlo significaría que los síntomas asociados (flashbacks, hipervigilancia, problemas relacionales) no se tratan en el núcleo. Así, asumir falsedad cuando el recuerdo es auténtico deja al paciente sin validación ni procesamiento de un evento clave en su vida, afectando la eficacia terapéutica.

El camino del medio

Dada la posibilidad de error en ambos sentidos, la postura más saludable es la suspensión del juicio absoluto. Los terapeutas expertos en trauma suelen ni confirmar ni negar categóricamente la realidad factual de los recuerdos recuperados. En lugar de eso, validan la experiencia emocional del paciente (“sea o no literal cada detalle, está claro que estás lidiando con un gran dolor y eso es real”), y trabajan en aliviar el sufrimiento presente. Se anima a procesar las emociones, síntomas y significados del recuerdo sin necesidad de resolver al 100% si ocurrió exactamente así. Por ejemplo, se puede explorar: “¿Qué significa para ti este recuerdo? ¿Cómo conectan estas imágenes con tus sentimientos actuales?”. Esto permite avanzar terapéuticamente –reduciendo síntomas, empoderando al paciente– sin afianzar falsedades ni descartar verdades. Asimismo, se suele informar al paciente sobre la falibilidad de la memoria, especialmente bajo ciertas técnicas, para que comprenda por qué el terapeuta adopta cautela. En algunos casos, si el paciente desea confrontar a otros o tomar acciones basadas en su recuerdo, es ético discutir los potenciales riesgos: por ejemplo, animar a buscar alguna corroboración externa primero si es posible (p.ej., hablar con algún familiar de confianza que pudiera saber algo, revisar documentos). Siempre se prioriza no causar daño: si existe duda razonable, el terapeuta evita intervenciones drásticas que dependan de la veracidad histórica (como instar a denunciar sin evidencia).

En el terreno del tratamiento, asumir real o falsa una memoria recuperada tiene implicaciones en la dirección de la terapia. Pero al final, muchos terapeutas concuerdan en que no necesitan resolver esa duda completamente para ayudar al paciente. Abordar los síntomas (ansiedad, depresión, disociación), mejorar habilidades de afrontamiento, reconstruir un sentido de seguridad y autonomía, todo eso se puede hacer sin dictaminar verdades históricas absolutas. En contextos donde se deba llegar a una conclusión (por ejemplo, evaluaciones forenses), entonces se aplican los análisis rigurosos discutidos antes, y aun así se suele hablar en términos de probabilidad. En la clínica, en cambio, la validez del proceso terapéutico radica en sostener al paciente, no en ser detective del pasado. Asumir una postura flexible protege tanto al paciente de daños (por sugestión o por negación) como al proceso terapéutico de caer en trincheras ideológicas. El enfoque centrado en la persona y su recuperación presente resulta ser el más ético y efectivo, dado el estado actual del conocimiento.

Bibliografía

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